miércoles, abril 30, 2003

Vale, paremos. La hemos cagado con el post anterior. No nos pregunten por qué.
El caso es que estábamos mirando el monumento al Pulpo Simpático cuando vimos una pequeña barca en la playa. Al lado había unos buzos, así que nos acercamos a preguntarles por el autor de aquella obra de arte. ¿Pudiera ser que en ese lugar nunca hubiera nacido nadie digno de recordar y hubieran tenido que recurrir al pilar de su pirámide nutricional? Los buzos, al vernos, se pusieron nerviosos y trataron de esconder lo que tenían en las manos, pero no pudo ser. Jimina, con su puño Chop-Suei (sí, se escribe así) le quitó a uno la cestita que llevaba. ¡Estaba lleno de mejillones!

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Tras mucho gesticular ( los buzos hablaban raro) seguíamos sin resolver el misterio del pulpo, pero descubrimos que esta gente pescaba mejillones. No lo hacían como todo el mundo (de ser así, no lo habríamos contado aquí nunca) y pese a sus reticencias conseguimos autoinvitarnos a probar. La única condición era ponerse trajes de buzo, como ellos; bueno, no exactamente, nos dieron unos como los que salen en "Veinte mil leguas de viaje submarino", así que ibamos mucho más ridículos que ellos (que ya es decir).
No os vamos a contar las vicisitudes que pasamos hasta llegar a una roca con mejillones, pero sí que cuando nos vimos perdidos en alta mar, un gorrión se posó en la barca. Eso siempre es señal de buena suerte, porque los gorriones no viven en el océano a no ser que sean en realidad almas en pena que acaban de ser perdonadas. Sí, el bicho se posó y murió, según uno de los buzos, de una taquicardia. Tras eso, volvimos a orientarnos. Nos acercamos a una roca negra y puntiaguda, por los mejillones. Los de la parte que no cubre el mar estaban asomados y ( como todos los mejillones aeróbicos) tenía los pétalos hacia fuera y al moverse con el viento sonaba como un violin poco afinado. Dicen que los marinos de la Antiguedad, cuando creían escuchar a las sirenas, en realidad estaban siendo testigos del paso del viento por los pétalos (muy carnosos, ya os lo decimos) de los mejillones anaeróbicos; es un sonido que marea una barbaridad, y por eso no se pueden comer. No obstante nos sacamos una foto junto a la roca. En cuanto a los mejillones anaeróbicos (lo que se comen) estaban claro está bajo el agua, y eran mucho más grandes ( los otros, al no poder probar apenas el placton, tienen una concha poco desarrollada.
Uno de los buzos sacó una lata de guindas rojas y las puso en una caña de pescar múltiple. Según nos dijo, es la mejor manera de pescar mejillones, ahora os contaremos por qué. Pescamos muchísimos, volvimos con la barca llena. Esto se debe a que los mejillones, al estar en alta mar, y sumergidos, son hipoglucémicos por definición. Según demostró Inkar Porokita (el famoso etnólogo renegado ruso, que en en los últimos años de su vida se dedicó a escudriñar en los misterios del océano) todo es una mala jugada de la naturaleza, e igual que si el dióxido estuviese en la atmósfera en menor medida seríamos superseres de dos metros de alto, si en el mar hubiera azucar en abundancia - y en cómodas raciones - ni las almejas ni los mejillones serían sedentarios. Correrían de aquí para allá por el fondo marino y provocarían grandes corrientes que impedirían, por una serie de motivos que no viene al caso enumerar, la supervivencia de los humanos (por eso los últimos volúmenes de la obra de Porokita son tan difíciles de encontrar, porque son pueden provocar alarma social).
Volviendo a la pesca, cuando uno inserta una ginda en el cebo ( un terrón se disolvería enseguida) el mejillón se altera y se estira todo lo que puede, rodea la pulpa roja y se suelta de la roca. Como no obstante no puede devorarla, esta misma guinda puede pescar, al menos, cincuenta más ( apurando mucho, eso sí). Esta técnica es sencilla pero muy poco conocida, por eso estamos tan orgullosos de haberla conocido.

Volvimos al pueblo y la vida parecía haberse reanudado. El contraste con la calma del mar fue total: todo parecía acelerado como en un corto de Chaplin. Cogimos los mejillones y preguntándonos muchas cosas, los cubrimos de mozarella, pimetón y perejil, y los metimos al horno. Nunca hemos probado nada más rico. A veces uno se siente culpable cuando se come a un ser indefenso, pero acordándonos de lo del azucar nos dimos cuenta de que eran ellos o nosotros.

Nuestra leeción de hoy es esta: nunca arrojes guindas al mar. ¡El equilibrio natural ha de continuar!

Postdata: Aquellos buzos eran de todos modos tipos raros.

¡Adios, amigos!