sábado, junio 21, 2003

Ya podemos postear todos bajo nuestra verdadera identidad. Esto es real

La historia más triste

Un hombre de mediana edad miraba unas películas de “Star Treck” en la sección de video de unos grandes almacenes. Parecía indiferente, un adulto más tomándose con calma el sábado por la mañana. Su rostro apagado denotaba alguna decepción reciente para un hombre que nunca tuvo demasiadas esperanzas puestas en nada. A su izquierda, casi un metro por debajo, una criatura rubia de no más de ocho años cogía con escasa curiosidad los cofres de DVD. Mordía su colgante, uno de los de oro, finitos con una medalla colgando, que tienen todas las niñas y que suelen ser el objeto de la primera agresión que sufren en su vida (cuando a la salida del colegio un niño mayor se lo arranca de un tirón dejando impresa en su cuello por unas horas la huella de la humillación). Saltaba. Se agarraba el vestido rojo de verano. Miraba hacia los lados en busca de algo que llamara su atención. Su padre sólo curioseaba las películas de “Star Treck”. Entonces ella, desde la hiriente sinceridad que da la inocencia, le dijo “papá, ¿puedo ir esta tarde a casa de Leticia?” .Una sombra de desencanto cruzó el rostro de su padre. En un nanosegundo ese desencanto creció en progresión geométrica.
“No, hija, porque entonces nos separamos, y para un fin de semana que puedo verte...” ella bajó los ojos y la comisura de los labios con signo de hastío. Desde ahí abajo no alcanzaba a ver más allá del sábado por la tarde, que en aquellos momentos era un universo en expansión que amenazaba con ahogarla en el sopor. Entonces lanzó una bomba H directa al amor de su padre: “Pero si siempre estamos juntos...” . Y él respondió, en baja voz esta vez, con el último resquicio de dignidad que le quedaba “No...” Y su corazón se rompió. No estaba negando la visita a Leticia, ni tampoco el hecho de que se vieran una vez al mes durante tres días (sin contar la mañana del viernes, que ella pasaba en el colegio). Era la negación de lo evidente. La defensa de un jugador moviendo nerviosamente al rey de un cuadro a otro queriendo dejar de ver el jaque mate indiscutible que acaba de recibir. Era un “no...” que quería resistirse a perder la partida. Su hija quería estar con cualquiera antes que con él. Y no lo hacía por desprecio, sino por mera comodidad. Y eso le dolía más todavía. Lo que para él había sido una gran conquista jurídica y probablemente emocional, para su hija no era más que un engorroso paseo que se producía una vez al mes. Pero ella se limitó a entornar los ojos y la boca y a resoplar con fastidio.

Dentro de diez años, cuando se sienta sola en plena adolescencia, lejana a sus padres e ignorada por los chicos, quizás también por unas amigas crueles, no sabrá que el sentirse desdichada es el cobro a largo plazo de el dolor que le inflingió una vez a su padre, hace tanto tiempo, en una mañana de verano populosa en el centro de Madrid.

Pero hoy, ahora, mientras escribo esto, probablemente estará merendando, o viendo una película , o aburrida “al aire libre”, mientras de la mano la lleva un hombre que por la mañana ha sido derribado por alguien que apenas pasa del metro veinte, y que siente que algo se le escapó al planificar su vida tantos años atrás. Sólo, bajo el sol, en compañía de una criatura ausente que no pasa de los ocho años.