martes, julio 29, 2003

las hadas de la chimenea

Hoy hemos visto, mientras íbamos paseando a por nuestro helado/granizado de todos los días, un misterioso brillo en una azotea. Y Guillermo Trampitas a apuntado, sabiamente, que debía de tratarse de aquello de las hadas de la chimenea. Cuando hemos vuelto, hemos ido todos a casa de Jimina y hemos rebuscado entre nuestros recortes de prensa hasta encontrarlo, y efectivamente. Parece mentira que hoy día sigan existiendo.
La primera noticia que se tiene de las hadas de la chimenea (bueno, casi es la única) es por la muerte del pequeño Rodrigo Gatián García en 1965, en el barrio de la Concepción, en Madrid. Este niño tenía, por lo que se sabe, una inteligencia y una constancia fuera de lo común, que le llevaron a concluir, a la edad de ocho años, la “Enciclopedia de las hadas de la chimenea”. Pese al rimbombante título, la obra consta tan sólo de cinco cuadernos Rubio profusamente ilustrados. No obstante, son una muestra fehaciente de lo que el muchacho podía haber llegado a hacer de no haber muerto encaramado a la azotea de su bloque.
Todo empezó cuando vio, en julio de 1963, un extraño brillo en una azotea del barrio. Al principio pensó que se trataba de un cristal, pero no era así. Pasando los días (era un verano muy caluroso y no tenía piscina) vio que ese brillo estaba presente en no pocos edificios de la zona. Así empezó a hacer estudios al respecto. Con los pocos medios de que disponía rellenó los citados cinco cuadernos con postulados más que elocuentes. En ellos se decía que los brillos provenían del titilar de las alas de las hadas de chimenea, una corrupción de las hadas del bosque y de las flores, que despojadas de su hábitat natural se habían vuelto perversas y anidaban en lo alto de las colmenas de ladrillo para extender un perverso malestar y luego recogerlos por los conductos de detrás de las paredes. El propio Rodrigo se escapó un día de su casa para dirigirse a la Universidad Complutense (increíble que los revisores no le reprendieran por no estar en la escuela) y entregar sus averiguaciones en la facultad de Medicina, pero fue absurdamente rechazado por un bedel preguntón, que avisó a los señores Gatián (que le echaron una bronca tremenda, el único apunte personal que hay en toda la enciclopedia).
Su ímpetu aventurero le llevó a encaramarse en 1965 para ver cómo eran las hadas de cerca, y la caída desde un decimocuarto piso le apartó del mundo de los vivos. Por eso la Enciclopedia adolece de un tomo, el sexto cuaderno, que nunca llegó a tener más que el título: “La praxis de las hadas de la chimenea”.
Los originales se encuentran en la colección del Museo del Juguete de Estocolmo, aunque desgraciadamente no están expuestos.

Y pese a que esto pueda parecer una chiquillada sin importancia, no lo es, porque muchos grupos anarquistas ecologistas y antiglobalización ven en esta Enciclopedia el acta fundacional, inconsciente y naïf, del movimiento contra Ereasura S.A., la multinacional más dañina ( en la sombra) que existe. Al parecer esta empresa es la responsable de la existencia de las “hadas” , que no son sino sensores en los edificios de nueva construcción (en España los correspondientes al desarrollismo) conectados vía satélite con la central que se dedican a desgranar, mediante sofisticada tecnología japonesa, los deseos de sus habitantes para convertirlos en productos inoloros, insaboros, y completamente estandarizados. Se dice que el cuerpo humano, al experimentar cualquier deseo, segrega un tipo de fluido semejante al sudor ( a veces se mezcla con éste) con una gran carga de iones negativos, y que puede ser detectado digitalmente en el aire aun con varios muros de por medio.


Por eso les recomendamos hoy que revisen la azotea de su casa, por si tienen a alguna perversa hada de la chimenea vigilando todos sus impulsos...