domingo, julio 06, 2003

Los enamorados tirándose desde el puente

Este cuadro de oscura referencia, que por expresa prohibición del museo que lo posee (el Louvre) no puede ser reproducido más que en circunstancias extraordinarias, es obra de Françoise Quartier, un hosco paisajista sin talento que con un único cuadro pasó, como nota a pié de página, a la historia del arte.
“Los enamorados tirándose desde el puente”, contra todo pronóstico, representa a una mujer de inquietante parecido con Quartier, sentada de frente con las manos en el regazo, a contraluz. La maestría con que las líneas del papel pintado de la pared hacen que parezca viva lo han convertido en el retrato más enigmático desde “La gioconda”.
En realidad la modelo no es el propio autor, como se creyó en un principio, sino Sabine Delacroix, una actriz de teatro de origen aragonés esquizofrénica que se creía Fantomas y de la que se enamoró Quartier tras ser atracado en la calle diez veces por ella, a la misma hora todos los domingos. Según aparece en su diario, ella, en trance y creyendo ser el famoso personaje de novela, se presentaba frente a él y le pedía, hablando en español, todo el dinero que llevase encima. Luego se le pasaba la crisis y dejaba el dinero en cualquier lado, al igual que los guantes y el antifaz, no así el sombrero de copa, con el que salía a actuar en la segunda sesión de cada domingo (cosa que acabó por darle cierta fama al teatro, ya que ella interpretaba a Juana de Arco) Quartier la siguió a partir del segundo día, y le recitaba poemas de su cosecha. Por aquello entonces era un hombre metódico y monomaniático, así que su poesía también era sobre paisajes. Aquí está uno de los versos que le escribió a la enigmática Sabine:

“Houblons et vignes,
Feuilles et fleurs,
Tentes insignes
Des francs buveurs!

Guinguettes claires,
Vieres, clameurs,
Cervantes chères
À tous fumeurs!

Gares prochaines,
Gais chemins grands...
Quelles aubaines,
Bons juifs-errants!”


Por suerte, la actriz operó, con los repetidos atracos, un cambio en el pintor, que finalmente fue capaz de expresar sus sentimientos sin necesidad de recurrir a símiles pastoriles. Sus palabras exactas fueron “Déjame vivir con el corazón que te llevaste; róbame todo lo demás, legalmente incluso: cásate conmigo”. La ausencia de ritmo y de métrica denotan, según el psiconalaismo durkheimniano, un cambio radical en la personalidad de Quartier, que se traduce en una liberación total de las formas y en una apertura mental sin precedentes en este gris profesor de conservatorio.
Sabine y Françoise se casaron y por tres meses vivieron en una pensión donde él la dibujó (cambiando sólo sus manos de posturas) hasta pintar un cuadro que al principio se llamaba “Retrato”. Pero la esquizofrenia de Sabine pudo más y empezó a creer ser al mismo tiempo Madame Bovary, Anna Karenina, Dulcinea del Toboso, Julieta Capuleto, y Josephine Baker; la presión que le producía el tener que alternar tantas personalidades la llevó a suicidarse arrojándose desde el Point-Neuf.

Quartier entonces cayó en una espiral de alcohol y episodios violentos relacionados con el paisajismo (agredía a toda la gente que portaba por la calle macetas y cestas de mimbre con huevos) que agilizaron su despido del conservatorio pictórico de Les Millais (error imperdonable para esta institución) y con el dinero que le quedaba se dedicó a escribir poesía vanguardista, sin versos ni rima. Cambió también algunos rasgos de Sabine en el cuadro y por detrás escribió el nuevo título: Los enamorados tirándose desde un puente. Y acto seguido fue él mismo a arrojarse desde el Point-Neuf con una piedra al cuello.
Todas las posesiones de Quartier fueron heredadas por la hermana de Sabine, Francisca, natural de Zaragoza, que se instaló en París para ser espiritista. Ella aseguraba que Francoise y Sabine no podrían vivir en paz en el inframundo hasta que no se consiguiera reunir la principesca suma de trescientos mil marcos en casa de la médium, cosa que le daría a los finados la libertad para abandonar por completo este plano. Tuvo mucho éxito entre la burguesía de la época y sólo cayó en desgracia cuando predijo la muerte de Hitler en brazos de Mussolini, muerte que supuestamente iba a impedir la conquista de Francia por el ejercito nazi. Pese a estas extravagancias, la gestión de Francisca fue impagable para conservar el único cuadro de Quartier que es una obra maestra, o sencillamente una obra para ser tenida en cuenta (lo demás es inexplicablemente mediocre).