martes, septiembre 23, 2003

El vuelo de dragones

No, no hablamos del fabuloso largometraje que nunca encontraremos, al parecer, en video o DVD en España ( editado como se merece); hablamos de dragones de verdad.
Pese a que está comúnmente aceptado que nunca jamás han existido, hay un museo de Timaru, Nueva Zelanda, que desde 1928 expone esqueletos, auténticos o no, de dragones de todas las clases. Es posible que sea el museo con menos visitantes de todo el mundo (se mantiene con una inexplicable subvención del gobierno, que por cierto peligra porque muchos consideran que no tiene valor cultural alguno y que debería pasar a manos privadas), pero su colección no deja de ser asombrosa. Posee hasta trece esqueletos completos comprendidos entre el Jurásico y la Edad Media ( datados mediante el carbono 14) y en el almacén una enorme cantidad de piezas “sueltas” entre las que se incluyen un nido de dragón albino (reconocible porque los huevos son, curiosamente, rojos) y un ala de cría fosilizada.
Y ha saltado a la opinión pública neozelandesa debido a que durante la noche del 15 al 16 de septiembre de este año ha sido asaltado por una o más personas que han destrozado el esqueleto que fue, hasta la semana pasada, el orgullo del museo.

Sospechas fundadas

De momento ha sido detenido un habitante de Timaru, Joseph Entil, un varón blanco de 42 años, como presunto autor de los hechos. Éste hombre, que se ha declarado inocente, lleva veinte años visitando todos los domingos el museo para pedir que se cierre definitivamente. Curiosamente, son sus visitas las que han logrado cubrir el mínimo que el gobierno central exige tener para no dar por clausurado un museo. Sus manifestaciones siempre han sido pacíficas, pero parece ser la única persona en Timaru, incluso en el mundo, al que le molesta que tan peculiar centro esté abierto al público. Durante el interrogatorio ha declarado que lo único que tiene contra el museo es que “obvia detalles de la vida de los dragones que son muy importantes, como por ejemplo el hecho constatado de que sí devoraban a inocentes y que practicaban la poligamia”. Por su parte, Robert Conrad, director del museo e hijo de su fundador Jebediah Conrad, también ha hecho unas declaraciones “No soy quién para juzgar si Josh [las frecuentes visitas de condena no han impedido que , por la costumbre, ambos caballeros hayan llegado a tratarse con familiaridad, e incluso invitarse a sus respectivas bodas] ha destruido o no nuestra joya de la corona; yo le estoy agradecido porque desde hace veinte años conservo el empleo gracias única y exclusivamente a él. Nuestras diferencias se deben sólo a que duda de la veracidad del trabajo de mi padre, y eso es algo que no tiene ni pies ni cabeza. Espero que aparezca el culpable, aunque eso no reparará la terrible pérdida que todos los empleados del museo hemos sufrido. Claro que si al final ha sido cosa del bueno de Josh, habrá dos familias que se quedarán sin recursos, si él va a la cárcel”.
Nosotros, desde el Yogourth Rancio y en especial desde “Sobre esto y lo otro”, condenamos profundamente este acto de vandalismo y estamos intentando averiguar si se ha procedido a recaudar firmas de apoyo al museo. Ya os contaremos.

El origen del Museo de los Dragones. La triste historia de Jebediah Conrad

Pero de momento sólo podemos aclararos un poco las declaraciones de Entil. Sorprende ver que sus quejas se basen en la falsación científica y no en el absurdo que para muchos supone la existencia del museo. Todo se debe a un gran hombre: Jebediah Conrad. Éste hombre nació en Nueva Inglaterra en 1875, en el seno de una familia circense; el año anterior, su padre (Moses Conrad) había adquirido, con sumo interés, “El origen de las especies” de Darwin, y como era el único libro que tenían, se lo leyó a Jebediah una y otra y otra vez en las largas horas de viaje en caravana y tren con el circo de P.T. Barnum, personaje que tendría gran influencia en la vida de los Conrad.
Y es que Jebediah en lo personal era bastante parecido a Walter Disney; con una vida personal tortuosa ( de la que creemos que es mejor no hablar por no herir sensibilidades poco acostumbradas a la sexualidad escabrosa) se erigió, en lo público, en defensa de los débiles y en especial de la infancia. Y desde niño le fascinaban los dragones y otras criaturas ¿fantásticas? Lo que vio en compañía de Barnum, en sus primeros años de vida, le impresionó profundamente y para mal; él no era partidario de la mala vida de los circos, ni en hacer mofa y befa de los freaks, aunque creía que su exhibición, en otras condiciones, podía ser beneficioso para ambas partes. A los dieciocho años se escapó de casa y se instaló en Nueva York, donde consiguió iniciar unos estudios autodidactas que le convirtieron en una auténtica autoridad en antropología y paleontología, cuando ambas ciencias no hacían más que dar sus primeros pasos. Luego, mediante sablazos varios y un imponente braguetazo con una chica bien posicionada ( cercana a los Vanderbilt) se dedicó a viajar por Europa y Asia, donde escuchaba atentamente leyendas locales y salía en busca de pruebas que demostrasen su veracidad. Tuvo una primera decepción que casi le hace abandonarlo todo cuando no encontró ni una prueba, por pequeña que fuera, de que los elfos habían existido alguna vez.

Pero tuvo un golpe de suerte. Un feriante le vendió un supuesto feto de dragón que, según pudo comprobar no tenía trampa ni cartón – de hecho, se expone actualmente en el museo - . Normalmente, como él mismo había aprendido en compañía de Barnum, estos supuestos milagros de la naturaleza no eran sino miembros de animales cosidos de tal forma que pareciesen criaturas fantásticas del imaginario colectivo. Ahí fue realmente donde todo empezó.

Dragonia.

A partir del casual descubrimiento del feto de dragón, Jebediah Conrad (que ya tenía casi treinta años) comenzó a mantener correspondencia con grupos ocultistas de todo el mundo, e instaló su residencia en Londres. Su lema durante esos años fue “Sólo existe lo que podemos tocar”, y por eso no creía en la existencia de nada que no hubiera dejado restos fósiles. Gracias a su atractivo personal y gran carisma comenzó a recibir donativos de gente desinteresada que creía en los dragones. Los científicos, sin embargo, le daban la espalda, convencidos de que alguien sin estudios universitarios no podía desarrollar una verdadera teoría evolutiva. Y en parte, Conrad les legitimaba al negarse a catalogar las especies según la catalogación de las especies de Lineo y a dejar de usar ese estilo suyo que rozaba lo narrativo más de lo que era menester. Cuando escribió “Dragonia”, en 1919, su fama entre los muchimillonarios extravagantes era alta, pero no consiguió ninguna reputación de científico porque había nombrado a las especies por su cuenta y riesgo, y ni siquiera las había emparentado. Él siempre dijo que era un primer trabajo, que otros vendrían y lo ampliarían, pero hasta hoy, eso no ha sucedido. Por ejemplo el esqueleto destruido la semana pasada lleva el nombre de “Ígneo grandioso”.

“Dragonia” no fue publicado por ninguna editorial. Nadie, al parecer, quería arriesgarse con semejante material, pero el texto fue copiado y encuadernado cientos, miles de veces. Todas las copias se encuentran hoy en manos de particulares, aunque es posible conseguir fotocopias por correo pidiéndolas al museo (Guillermo Trampitas tiene una que algún día traducirá para colgarla aquí :D)
Pero no sólo de ciencia se alimentaba Jebediah, y en 1921 un marido ofendido le disparó por la espalda y le dejó malherido. La noticia trascendió y dos docenas de cornudos amenazaron con hacer lo mismo si no se iba de Londres cuanto ántes. Parece ser no obstante que no siempre era él el amante de las señoras de alta sociedad, pero que se acostumbraron a acusarle porque así se evitaban males mayores.

El exilio final a Timaru y la afortunada condición de Jebediah

Con el dinero que le regalaron los que aún creían en él, se embarcó para Nueva Zelanda, donde sabía que pese a su delicada salud podía seguir investigando sin problemas, debido a la variada fauna y flora del lugar. En un principio vivió en una casa modesta en Timaru con Belinda, una filipina muchísimo más joven que él con la que sentó la cabeza finalmente y con la que tuvo cinco hijos(el mayor de ellos con casi ochenta años), pero su “Dragonia” fue a caer en manos de Nyar Swatantra (no relacionado con el político de derechas del mismo apellido) un hindú cuya familia había sido largamente respetada en la zona de Gadag desde hacía siglos por la supuesta victoria sobre un dragón. Swatantra había ganado mucho dinero con un yacimiento petrolífero (las tierras no eran suyas, pero es una larga historia contar cómo las consiguió, con todos sus beneficios) pero anhelaba tener credibilidad en los círculos ingleses en los que se movía, y el libro de Conrad le concedió el beneficio de la duda. En agradecimiento, le levantó a Jebediah el Museo de los Dragones, y movió hilos para que todas las piezas que podían haber sido de un dragón fuesen a parar allí. En 1928 el museo abrió sus puertas, y hasta el crack del 29 tuvo un éxito arrollador. Después, las penurias del siglo XX repercutieron en la fantasía de la gente y el museo primero fue ninguneado, y más tarde olvidado. Hasta hoy.

Cómo distinguir a un dragón

No es fácil creer en dragones, es cierto, pero la obra de Conrad nos hace pensar que es perfectamente posible. Los huesos están ahí, y en “Dragonia” se explica por qué esos huesos perviven mientras otros se corrompen y esparcen. Pero eso, mejor, lo contaremos más adelante...