miércoles, noviembre 19, 2003

Estuvimos el domingo reunidos los cinco en casa de Jimina para ver aquello del flujo de las visiones, y en el imprescindible manual “Weird Theories of yerterday: a complete guide to comprehend the new comming Universe” de Laszlo Chi ( un chino residente en Padua aficionado a la historia oculta de la ciencia) y encontramos esto, que nos tuvo pensando toda la noche sobre nuestros destinos...


¡ORO!
Cuando se habla de la fiebre del oro pocas son las veces que se menciona a Seamus Darlbey y Remus Tarlton, los primeros abducidos de la era contemporánea. Corría el año 1844 cuando decidieron abandonar su salvaje Oregón natal para dirigirse a la nueva tierra prometida: California. Como tantos otros fueron en busca de oro, y como tantos otros lo hallaron, pero no en el fondo del río.
Se instalaron cerca del Lago del Águila, sin otros hombres ni mucho menos mujeres. Al principio estaban animados pero pronto las penalidades ( fue un invierno inusualmente duro) minaron su entusiasmo y también su amistad. No había oro ni nada que se le pareciera, y por eso en las comunidades cercanas les llamaban “los enfadicas”. Ésta suerte siguió hasta el mes de marzo. Dice así la autobiografía de Seamus Darlbey “Ya pensábamos que no encontraríamos oro nunca y que nos teníamos que haber quedado de mozos en Oregón. En teoría, según supimos luego, toda la zona estaba infestada de oro, golpeabas una mofeta y escupía pepitas, pero nosotros no tuvimos esa suerte. Una mañana que empezaba a subir la temperatura me quedé dormido a orillas del lago del Águila. Las montañas se reflejaban en el agua y soplaba un viento muy agradable. Había estado buscando como un loco en aquella orilla y ya sólo me apetecía pastel de carne. Me quedé dormido y soñé que el suelo estaba hecho de eso ,de pastel de carne, y según lo comía un reflejo en la salsa me cegaba: eran unas pepitas enormes, como cabezas humanas. Me desperté dispuesto a ir a por algo de comer y de repente, allí estaban, ¡no sé cómo no las vi antes! Los rayos del sol debieron de hacerlas brillar y molestarme en la siesta, si no fuera así puede que nunca las hubiera visto. No es que qusiera hacer partícipe de mi oro a Remus, pero yo sólo no podía sacarlas del agua, era increíble lo que pesaban. Entre los dos las sacamos, y como había siete, repartimos a tres y media cada uno. Eso al principio...” La verdad es que esta autobiografía peca ¡, dicen los expertos, de suave, porque se cuenta en la zona que tuvieron serias disputas por el reparto del oro y que incluso hubo un tiroteo. En cualquier caso, parece cierto que las sacaron del agua y que por miedo a ser atracados, las guardaron en su choza sin decirle nada a nadie, como unos Gilitos de pro, y que incluso Hawtorne se basó en esto para escribir su fabuloso cuento “El gran rubí”. Pero eso son elucubraciones. En cualquier caso pasaron tres meses hasta que se decidieron a hacer algo con el oro. Desde que lo encontraron en marzo hasta que los sacaron de nuevo a la tierra en julio pasaron días enteros contemplando las colosales pepitas mientras hacían planes. Era domingo cuando por fin decidieron ponerlas en la puerta de la choza para cortarlas y prepararlas para la venta. En ese tiempo California se había llenado de moscas en busca de la rica miel, y ya no estaban solos.

Una honda decepción y un viaje extraordinario
A la luz del día, de nuevo, se dieron cuenta de que aquello no sólo no parecía oro, sino que no se trataba de oro. A punto estuvieron de matarse el uno al otro, cuando comprobaron aquello. Además recordaban que en la carga pesaban mucho, mucho más, y ahora podían levantar dos cada uno. No fue hasta el atardecer que se dieron cuenta, tras una cruenta pelea, de que las piedras, fueran lo que fuesen tenían unas extrañas inscripciones.
No eran demasiado claras, parecían llevar allí mucho tiempo, pero estaba claro que alguien las había puesto allí para algo. Aquellos símbolos churriguerescos podrían valer algo después de todo. Pensaron incluso en cambiar las inscripciones para imitar jeroglíficos egipcios y hacerse de oro (para eso estaban allí) con el cuento de que los faraones nacieron en California. Los dispusieron en círculo intentando hallar algo parecido a una pauta en los símbolos. Por allí pasaba otro buscador y vio, de repente, cómo desaparecían en un haz de luz.
Al viejo Finnegan (como era conocido en la zona) no le creyó nadie por su costumbre de beber a todas horas, pero el caso es que nada más se supo de los dos enfadicas ni de las piedras...hasta la semana siguiente.

La medida del tiempo no es igual para todos

Estaba Finnegan bebiendo cuando en la orilla del lago dos ancianos preguntaron por él. Se extrañó, porque ya no le quedaban , creía, parientes en Irlanda. Los dos hombres, de unos noventa años, se identificaron como Darlbey y Tarlton. Nadie les creyó en un principio, pero cuando fueron a la cabaña de los dos y vieron la enorme cantidad de oro que tenían, la situación fue distinta. Quizás fue porque le dieron bastante oro a cada uno de los buscadores, pero nadie volvió a poner en duda su identidad. En los antebrazos llevaban grabado algo que Finnegan creyó identificar como las inscripciones de las rocas que tenían frente a la cabaña, grabados a fuego con una increíble precisión y limpieza, que era imposible que fuera obra de un ganadero.
Con el dinero se compraron dos enormes mansiones (hoy derruídas para mayor gloria de los centros comerciales y las cadenas de comida rápida) y Seamus escribió la increíble autobiografía que ya hemos visto, pero que en su día causó una impresión bien distinta, pues se tomó como una muestra de fantasía nada despreciable (hay quien señala que es la primera obra de ciencia ficción de Estados Unidos) . Su titulo original es "The life and strange surprising adventures of Seamus Darlbey, who spent seventy years lost in an amazing place that wasn´t formed by materials like for instance wood but by light and pure energy, with his lad Remus. An autobiography" . En clara referencia a la inmortal obra de Dafoe, este título no sólo no tenía ningún gancho sino que provocó las iras de Tarlton, quien aseguraba merecer más protagonismo en todos los pasajes relativos al extraño viaje y al encuentro de las piedras.
Con todo, vivieron relativamente felices en los siguientes siete años, cuando un domingo al atardecer desaparecieron de nuevo. Los seres vivos del resto de su finca estaban muertos y aparentemente momificados, incluyendo las cuatrocientas cabezas de ganado que poseían entre los dos. Nadie, por tanto, pudo contar el testimonio de primera mano, pero se decía que el demonio les había seducido con grandes fortunas pidiéndoles a cambio su juventud y al final, todas sus posesiones.

La explicación de Seamus...
Por supuesto eso no eran más que supersticiones de gente poco instruida. Tarlton ya contaba en su autobiografía todo lo que pasó, que explica además este último y aterrador mutis por el foro.
Al parecer, al disponer las piedras de tal manera, vieron como un haz de luz llegaba hasta ellos y les llenaba. De repente se vieron volando por el cielo dentro del círculo de las piedras, y veían cada vez más lejos su cabaña, hasta que despareció en la inmensidad de las estrellas. Estuvieron flotando envueltos en luz durante un lapso de tiempo que pudieron ser años o ser sólo minutos, pero al fin “cayeron” en una especie de tormenta eléctrica donde no se podían ver el uno al otro. Las piedras desaparecieron. No era una tormenta como las que se ven en los aviones, a juzgar por la descripción, sino algo bien distinto. A pesar de que dedica diez capítulos a hablar del viaje, Tarlton se explica mejor en un pequeño párrafo del quinto capítulo “ No sabíamos dónde estábamos. Era como estar en las nubes del verano, al atardecer. Unos rayos luminosos atravesaban aquella neblina continuamente y no podíamos ver nuestros cuerpos, aunque sí podíamos hablar de alguna manera. Era como si nos pudiéramos leer el pensamiento el uno al otro; al principio era incómodo porque Remus me insultaba continuamente, pero acabé por ignorar sus tonterías. No había rastro de las piedras y desde luego aquello no era California. En algún momento nos dimos cuenta de que aquellos rayos eran gente. No gente como nosotros, sino otro tipo de gente. Eran como espíritus, pero no tenían cara ni parecían querer nada malo; a veces pasaban a través de nosotros y se quedaban allí dentro. La sensación era buena, pero notábamos como si nos sacasen algo de la memoria. Recuerdos de lugares y gente, direcciones, cosas. Nosotros no hemos viajado mucho, pero creo que estuvieron en cada esquina y en cada taberna que he visitado en mi vida. Fue algo muy extraño. No nos aburríamos nunca, ni sentíamos necesidad de nada. La verdad era como dormir una larga siesta en una tarde de verano. Que Dios me perdone, pero creo que era el paraíso. Hasta que un día caímos, no sé cómo ,al mismo sitio del que partimos.
Pero diablos, eramos viejos, auténticas momias. No nos encontrábamos mal, pero nuestro aspecto ya no era el mismo. No nos importó demasiado porque nuestra choza estaba literalmente cubierta de oro, así que decidiomos darle un poco a los muchachos para que el cielo no nos volviese a castigar por nuestra avaricia, y debió de funcionar, porque ese oro nunca dejó de serlo. Además nuestros amigos los rayos o ángeles o lo que fiueran nos habían puesto aquellos símbolos en el antebrazo...”

...y la explicación de la ciencia
Estos increíbles hechos fueron más tarde explicados, lo habéis adivinado, por Lazslo Chi en el libro que citábamos al principio. Lo normal , o lo “normal” hubiera sido que al regresar ellos, el resto hubiera estado envejecido. Eso es una abducción típica sin más interés. Pero según Lazslo la historia de Darlbey y Tarlton demuestra una teoría desconocida hasta entonces: que no hay extraterrestres; los extranjeros somos nosotros. Él barrunta que hay unos seres perfectos, hechos de energía, que viven en medio del espacio, en formaciones eléctricas que les protegen de las leyes de la física, y que a otro nivel el Sistema Solar es una nave que se desplaza a una velocidad tal que consigue ignorar el paso del tiempo, y que nosotros no percibimos ese movimiento debido a un efecto óptico que nos hace creer que estamos siempre en el mismo lugar.
Esto explica por qué ellos dos envejecieron mientras que en la tierra sólo pasaron siete días. Aunque hay agujeros en esta teoría (cosa habitual en la obra de Lazso, que cree que la relectura es para los mediocres) resulta esperanzador pensar que viajamos a bordo de una nave espacial viva, flotando solos en el espacio, atrapados en la materia antes de ser despedidos, en forma de energía, a la inmensidad.