lunes, enero 19, 2004

BRAUNHUNT CONTRA BRAUNHUT

Efectivamente, aquí estamos al fin para contaros toda la historia, sin dejar un detalle, de lo que fue el caso puntual de acoso más famoso de Canadá durante los setenta.
Recordaréis a Braunhunt por ser el inventor de los monstruos marinos, esas preciosas y adiaboladas criaturillas.

Harold Braunhut
por el contrario era el atribulado escritor de novelas de duro sobre los hombres del neandertal. Vivía pobremente y sentía que el mundo le insultaba. Su mujer le dejó por un titiritero especialista en entremeses eróticos procedente de los Cárpatos, y sus hijos murieron por una intoxicación de sushi en mal estado tras la única cena de lujo que se dio nunca la familia, pagada con el sueldo de los derechos de adaptación de la obra de Braunhut al cómic. De este modo, a los 39, Harold se encontró completamente solo en el mundo, ya que no tenía más familia.
Su casero, apiadándose de su aciago destino, le regaló – a pesar de que le debía en 1963 diez meses de alquiler – el paquete de los monstruos marinos. A Braunhut no le atrajo demasiado la idea de las quisquillas en agua, pero sí que se sorprendió al ver a un hombre llamado como él viviendo desahogadamente no muy lejos de su propio hogar. Metido en su casa , ya en la decadencia de su carrera, y escribiendo novelas eróticas de intriga como “Ella, él, y la pistola de amor”, o el éxito de ventas en sex-shop “Historia de la prostitución invertida en Groenlandia”, se dedicó cuidadosamente al cuidado de las criaturas prehistóricas, y a darle vueltas a la figura de un hombre del que no sabía más que se apellidaba como él. Incluso se cuenta que empezó a soñar con un encuentro entre ambos varones. Hay quien ha querido ver aquí pruebas de una homosexualidad latente, pero eso está por demostrar. De todos modos, los hechos que vienen a continuación insinúan un poco esto mismo:
La primera carta que le mandó a Braunhut, en cuyo sobre sólo figuraba el nombre y la ciudad, contenía cosas como ésta: “Yo le imagino a usted como un compañero ideal. Está claro que el destino nos ha separado de manera injusta. Pero su suerte es mi suerte, y de algún modo ha habido un desequilibrio cósmico que hemos de solucionar (...) No es que yo pretenda que venga a mi piso alquilado y yo a su –probablemente- preciosa casa adosada, pero sí que quisiera que hiciésemos un pequeño trasvase de propiedades; no soy en absoluto un advenedizo que quiere aprovecharse de su éxito, pues soy un novelista prolífico, aunque pobre, y por tanto rico de espíritu (...) Me gustaría charlar con vd. Viendo una puesta de sol o en cualquier otra situación bucólica, eso sería delicioso”.
Evidentemente, el señor Braunhunt, inventor de los monstruos marinos, pensó que estaba loco. La carta se traspapeló y por eso ha llegado hasta nuestros días. Las siguientes ya empezaron a preocupar a toda la familia del científico.
Así empezó una extraña historia de acosos que duró casi quince años. Durante este tiempo, Braunhut escribió unos anexos a la historia de su héroe troglodita en la que encontraba un espíritu visible con cara de mandril que le guiaba por el árido mundo del la prehistoria. Soñaba de hecho con tal espíritu, guiándole a él mismo por un mundo libre de naturaleza exuberante e increíbles puestas de sol. En sus diarios, recopilados por su esposa, se da cuenta de ello, escrito con la mejor prosa de la que fue nunca capaz. “Hoy volví a soñar con él. Llovía afuera, y cada rayo que caía hacía que el olor a savia fuese más fuerte. El cielo restallaba como la sonrisa de una madre, y los valles se deshacían en verde melodía. Los diamantes se desvanecían en aguas límpidas y renovadoras, y las bestias se cubrían del milagro con la muerte generosa de los árboles caídos. Incluso las aves callaron ante el espectáculo de la vida. Los hombres, aun ignorantes, contemplaban con el terror que produce la belleza, todo el entorno que se caía y levantaba sobre ellos alternativamente, con cada explosión eléctrica(...) Yo mientras estaba en una cueva, guareciéndose del frío. La hoguera daba sus últimos coletazos y le quemaba los pies y no calentaba sus hombros. Los tapires dibujados con sangre en la pared bailaban al ritmo agónico de la viva llama. En ese momento, vi cómo las sombras tomaban forma; no sentí miedo, sino una rara melancolía que me hizo más humano por unos instantes. La forma se proporcionó y tomó volumen hasta convertirse en un anciano con cara de mandril, vestido con unas extrañas pieles. Me miraba con rostro iracundo, pero no iba a atacarme. Dijo algo en un idioma extraño y caí fulminado, con un extraño calor en el corazón (...) Era Braunhut otra vez, sin duda”.
Puede que vosotros ya hayáis caído en el “pero” de la obsesión de Braunhunt. Un buen día, la secretaria de Braunhunt (el de los monstruos), cansada de tanta carta, le remitió la siguiente misiva al escritor “Estimado señor Braunhut. Sus constantes envíos, que al parecer son románticos para usted, nos resultan siniestros a todos. En su teoría parece no haberse dado cuenta de que mi jefe es BRAUNHUNT, y no BRAUNHUT, sin “n”, como usted. Por favor, cese este acoso. Atentamente, Rochelle.” Esta carta fue sin duda un duro golpe para Braunhut, que vio cómo toda su teoría se desvanecía en cuestión de segundos. El casero, para entonces ya un amigo fiel (al que no había apreciado como debía), le encontró dos días después pálido y lloroso acurrucado junto al refrigerador, comiendo pollo frío con páprika. Preocupado, removió cielo y tierra para encontrar a su esposa y convencerla de que volviera con él. No le costó mucho, puesto que la mujer estaba más que harta de las constantes infidelidades del titiritero, que le pedía practicar aberraciones sexuales poco adecuadas para una señora decente (que, por otro lado, había abandonado a su marido de una manera un tanto estúpida). Ella se encargó de cuidar a Braunhut hasta que se curó, y a su muerte de recuperar su obra; descubrió por ejemplo que sus seguidores más acérrimos eran alcoholicos que gustaban de analizar su obra con detenimiento y exquisitez, y que en acróstico, todas sus novelas (en la edición de bolsillo solamente) repetían incesantemente la canción de “Cumpleaños feliz”, al menos en su idioma originario, el inglés.
También tras la muerte se casó con el antiguo casero de su marido y presidió una liga contra la indecencia y la exhibición pública de invertidos. Luego, en los ochenta, una drag-queen negra se hizo muy popular en los lupanares de Toronto interpretando su personaje (hasta que murió de sida). Pero como dice Ende, esa es otra historia y debe de ser contada en otra ocasión.
Ya hemos vuelto, visitantes.