jueves, marzo 04, 2004

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A propósito de esto queríamos contaros el desenlace de la historia de Dragonia. ¡Por fin hallaron al culpable del destrozo! Increíble pero cierto, un hijo bastardo de Jebediah Conrad, desconocido hasta la fecha, fue el vándalo que convirtió en una amplia colección de tabas la magnífica pieza “Ígneo Grandioso” (consultad más abajo para ver la entrada).
Al parecer, fue engendrado en secreto por una inglesa adinerada y entregado al circo nada más nacer. Durante los primeros años de su vida ejerció de enano en este espectáculo, como propiedad de un avaro hombre de los Balcanes, pero le despidió al cumplir los diez años “por excesivo desarrollo”. No obstante y pese a su edad había cosechado un gran éxito bajo la carpa gracias a sus geniales juegos de palabras y manos, y ahora mismo en círculos cerrados de Kamuela se dice que es más espabilado que el Conrad legítimo.
Al salir del circo fue recogido por el mayordomo de su madre (de la que no os podemos revelar el nombre, porque queremos conservar nuestras piernas enteras, gracias. Tan solo diremos que está relacionada con el mundo del automóvil) que se había despedido al saber del trágico destino de la criatura. Le había seguido ciudad por ciudad, pues él también había sido un niño desafortunado y además tenía graves problemas respiratorios, y después le recogió y le dio su apellido, Coleslaw, y le llevó a vivir a un pueblo cerca de Stonehenge. Allí le habló del pasado oculto de la Humanidad y de los dragones, y las bellas artes.
Desgraciadamente Coleslaw tenía una enfermedad degenerativa que le hacía creer que era una bailarina. De hecho, podía ejecutar “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky con una precisión y talento asombrosos. Durante un tratamiento psiquiátrico, los médicos intentaron que se creyese al menos un bailarín, un Baryshnikov, pero no tuvo éxito y sólo reforzó su gusto por la danza clásica. En ocasiones se despertaba por la noche echando pestes sobre la moda de los tutús románticos (que son los que caen hasta la mitad de la pantorrilla, mucho más favorecedores que los cortitos y tiesos.
El pequeño Grumpy (así le bautizaron sus compañeros del circo) no sabía nada de esto, pero atendía con sumo interés a las clases de su mentor y veía el tema de la danza como una simpática excentricidad. El lazo entre ambos hombres apartados de la sociedad creció fuerte como un roble, y resistente como las raíces de las violetas (que pueden tumbar a un adulto fornido, os lo aseguramos).

El trágico destino de los Coleslaw

Sólo cuando cayó en manos del joven Grumpy un raro ejemplar manuscrito (cuyo origen aún es un misterio) de “Dragonia” el antiguo mayordomo tuvo que revelarle el por qué del asombroso parecido entre Jebediah Conrad y él. Grumpy Coleslaw no quiso saber nada de su progenitor hasta la trágica muerte de el que para él era su verdadero y único padre. Cuando Coleslaw “senior” cumplió los setenta años perdió por completo la cabeza (se cree que fue en parte por la desafortunada proporción que los “bizcochos borrachos” que preparaba llevaban de alcohol, pero ese es otro tema) y se fugó una noche en tren (para disgusto de Grumpy) con la intención de asistir ¡como bailarina! a una representación en el Royal Albert Hall. Las bailarinas, al verle en el foyer de danza en presunto estado de embriaguez, le lanzaron sus pompones y botes de talco con tal fuerza que consiguieron saturar sus ya de por sí maltrechos pulmones. Murió entre horribles toses y con la cara completamente roja, mientras intentaba pronunciar unas últimas palabras bien sonoras que llevaba escritas, por si acaso, en la cartera. Esta costumbre se debía a que desde los quince años temía sobremanera una muerte indigna a causa de sus vías respiratorias, y quería dejar una buena impresión al marcharse. Lo escrito era “Mi cuerpo pasará como los idos de marzo, pero mi alma danzará hasta alcanzar la estrella más débil del firmamento, la que titila en honor de los soñadores y los desesperanzados”.
Grumpy (que se rebautizó a sí mismo como Mr. Toad, en honor a la obra predilecta de su mentor, “El viento en los sauces” )juró venganza sobre la tumba del hombre que más le había dado en el mundo. A propósito del entierro, decidió cambiar la frase final de su padre por la mucho más sonora pero no menos cursi “Fue un buen hombre. R.I.P.”
Se puso como meta en su vida acabar con la estirpe de los Conrad...
El a partir de ahora conocido como Mr. Toad fue, no sin esfuerzo, recabando información sobre su verdadero padre, y llegó incluso a conseguir un trabajo en Kamuela como demostrador de yogurteras, pero no fue hasta que visitó de hecho el museo que comprendió la grandeza e importancia de la obra de su padre.
Y no volvió a pisarlo hasta la fatídica noche en la que perdió los nervios.

Feliz desenlace

Y os preguntaréis, ¿cómo es que no se habían cruzado antes los dos hermanos Conrad? Pues he hecho se encontraban con frecuencia, y Mr.Toad hacía lo posible por fastidiar al bueno de Robert, y se le colaba en los establecimientos comerciales de la zona y nunca visitaba el museo, deseando su cierre por odio pero intentando conservar la compostura por dentro.
Después de que la Policía descubriese su crimen y liberase a Joseph Entil (que vuelve a ser amigo de Robert Conrad) , simplemente tuvo que pagar una multa equivalente a 10 euros por destrozar piezas de presunto valor histórico y cultural.
A pesar de lo ofensivo de la sentencia, el Ígneo Grandioso ha sido reconstruido con éxito y ahora mismo vuelve a exhibirse en el museo, donde Mr. Toad ha entrado a trabajar como guía y donde Joseph Entil se sigue manifestando pacíficamente como era su costumbre. Y de hecho, la noticia ha conseguido que el museo tenga más visitantes, además de unir de nuevo a dos hermanos separados por el más palpable absurdo.