domingo, marzo 13, 2005

LAS MOSCAS DEL KRAKATOA

Llevamos meses mirando al cielo sin saber muy bien por qué. Es de suponer que a todos los que componemos el Yogourth Rancio nos ha afectado bastante lo que ha pasado en el museo de dragones de Nueva Zelanda, que en menos de un año ha sufrido cambios brutales (ahora mismo tiene una media de quince visitantes al día, más que algunos impopulares museos de Madrid, nuestra ciudad) .
A raíz de todo esto hemos vuelto a pensar una y otra vez en volar y en todo lo que lo rodea. Por eso hoy vamos a hablaros de uno de los casos más asombrosos que se han dado en la historia del vuelo sin motor…Y por cierto, este post se lo dedicamos a Ernie porque tiene algo que ver con él…

Con un cordel y una abeja…

Todos habréis oído, visto o experimentado que es posible coger un insecto volador, atarle un pequeño cordel alrededor del tórax (con maña y cierta habilidad de encantador de serpientes) y llevarlo el resto de la tarde alrededor como si fuera un extraño perro flotante o un globo de helio de los que venden en el Retiro. Lo más fácil y seguro, sin duda, es hacerlo con moscas comunes . Pero si uno es intrépido, posee un corazón indomable y además tiene mucho tiempo libre, puede intentarlo con abejas.
¿Por qué? Porque es retar doblemente a la razón. Las abejas son un completo desafío a la ciencia porque ellas ¡no pueden volar! Esto es completamente cierto. Nada en el mundo de la física explica que puedan elevar su peludo cuerpecito y batir las alas e ir de una flor a otra y con el viento que levantan, mover algunos pétalos de las plantas que polinizan. Mas lo hacen.
Y como sabréis si sois seguidores de las teorías del Yogourth, las convicciones articulan la mayor parte del mundo tangible. Es decir, que si creemos que nosotros los humanos no podemos volar, porque pesamos más que el aire, no podremos volar. Pero esta falacia se vino abajo en el siglo XIX y finalmente pudimos volar. O lo que es más, ahora volamos porque creemos que podemos hacerlo. Pero las abejas no tienen, que sepamos, convicciones, así que simplemente vuelan.

A ver, que nos estamos perdiendo. El caso es que según Homero (bueno, Homero concretamente no. Luego os explicamos...) , en tiempos remotos hubo un rey fenicio empeñado en ver, desde una perspectiva aérea, el fin del mundo. Por eso reunió a todas las abejas de la ciudad de Tarteso y ordenó a sus súbditos que las ataran a unos cordeles especiales de tal manera que entre todas le elevasen en el aire y le llevasen hasta los confines del mundo. A pesar de que los consejeros le pidieron encarecidamente que hiciese ese mismo experimento con palomas, él se negó aduciendo que las palomas son animales sucios y sin alma, cosa extensible a todas las aves de la época. De tal modo que el absurdo plan siguió en marcha y el rey consiguió, sorprendentemente, levantar el vuelo, pero cuando se alejaba por la costa (en dirección contraria al fin del mundo, que como sabéis estaba al oeste, es decir hacia el interior según la orientación de Tarteso) una bandada de gansos se cruzó con las abejas y éstas comenzaron a picarlos un tanto irritadas, perdiendo el aguijón y con él la vida, de tal modo que el rey fue perdiendo altura hasta caer al mar y perecer ahogado.
Este fatal desenlace dio al traste con la idea del vuelo con insectos durante milenios.

Hasta que…

Dadme una mosca y moveré el mundo


La historia anteriormente descrita está dentro de lo que los expertos llaman “los aprócrifos de Homero”, conjunto de relatos de fantasía científica atribuidos por algunos malpensados a un discípulo alcohólico de Homero que acabó ejerciendo de máscara parlante en representaciones provincianas de Electra. Dentro de la compilación se hayan historias sorprendentes de animales y hombres como la lucha de cien años a lomos de tortugas entre cartagineses y bárbaros, o el poema galante “la trucha y la doncella”, donde se explica de manera un tanto abrupta el origen de los tritones (con un desarrollo que recuerda bastante a algunas películas de David Cronenberg).
Los “apócrifos de Homero”, debido a su escaso interés literario o histórico (sólo como curiosidad tienen un pase) han conocido pocas ediciones. La primera fue una tirada de doscientos ejemplares que salió y se agotó quince días antes de la toma de la Bastilla, y la segunda data de 1830 en griego e inglés, y sólo se conservan tres ejemplares. Uno, en el museo Lazslo Chi en Viena, otro en la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, y un tercero en la Biblioteca del Trinity College en Dublín. Éste último ejemplar (según deduciréis de los avances de la historia, bastante desmejorado) fue el que obsesionó sobremanera a Stephen Nì Murchù, un joven de Galway que acabó convirtiéndose en el primer irlandés en sobrevolar las islas del Pacífico y algo más. Éste estudiante de Derecho y entomólogo vocacional sostenía que el relato del rey fenicio y las abejas era completamente real y que aquello era posible. Pero debido a su frágil salud aparcó la idea de repetir la hazaña durante algunos años.

En ésta época, el gran Thor Heyerdal todavía no había maravillado al mundo con su Kon Tiki (la barca que demostró cómo llegaron los habitantes de la Isla de Pascua hasta allí), pero Nì Murchù llegó a hacer algo bastante parecido. Y hubiera pasado a la historia de no ser por las fuerzas de la naturaleza…

Stephen Nì Murchù nunca llegó a ser un reputado entomólogo ni tampoco a ejercer como abogado. Se casó joven, sin terminar sus estudios en el Trinity, y se enroló en la marina inglesa. Durante sus largas travesías en alta mar, le escribía encendidas cartas a su mujer en las que se combinaba la añoranza carnal con las prolijas explicaciones sobre la importancia de las moscas en la Tierra. Según Stephen, eran las elegidas de Dios, las criaturas más perfectas de la Creación. Seres perfectos nacidos para molar, vamos.
Aparte de todo eso, su comportamiento en la marina era errático y siempre desafortunado. Desatendía sus obligaciones de telegrafista y siempre se le encontraba bien lejos del puente de mando haciendo planos para volar. Y en su bolsillo se encontraba un ejemplar de los “apócrifos de Homero” sustraído de la biblioteca de la Universidad. Era un adelantado a su tiempo que no entendía por qué nadie le tomaba en serio.

Parada en Sumatra: del lupanar al cielo.

En uno de los puertos que visitaron, en Sumatra, Stephen se adentró solo en un fumadero de opio. Como sus compañeros le hacían el vacío, su costumbre era la de visitar en soledad los puertos, contratar una prostituta, y masturbarse durante cerca de una hora mientras ella hacía lo que fuera por la habitación. En uno de éstos lupanares conoció a un rico terrateniente cuyo nombre se mantuvo en secreto (sólo quedaron las iniciales, S.M., en su correspondencia con Doirean Nì Murchù, su esposa, por lo que algunos han querido ver que se trataba de un miembro de la familia real inglesa, cosa que nosotros no creemos por varios motivos) pero que se mostró interesado en su proyecto de levantar el vuelo con miles, millones de moscas atadas a un cordelito. No se sabe si fue por el opio o porque el citado S.M. era tonto del bote, el caso es que Stephen abandonó la marina y se instaló en las fincas del millonario, junto a doscientos nativos, y entre junio y agosto de 1883 se dedicó a criar moscas y a atarlas a cordelitos. Y el 25 de agosto, en una nave hecha de caña y adobe, con un catalejo, un cuaderno, y el ejemplar tangado del Trinity sobre la odisea del rey fenicio, Stephen Nì Murchù entregó la última carta a su mujer a S.M. y le agradeció los favores recibidos, prometiéndole que pasaría a la historia de la aviación. Cosa que quizás hubiera sucedido de no ser porque…

Nì Murchù es Dedalus, y Penélope no vuelve a ver a Ulises.

Probablemente ningún lector haya visto quinientos metros cuadrados de moscas en formación, volando sin rumbo concreto, en el horizonte, que elevan con sus cuerpecitos una embarcación aerodinámica y ligera rumbo a lo desconocido.
Éste prodigio fue visto en una ocasión por un terrateniente y un grupo de mal alimentados agricultores de la caña de azúcar. Nadie sabe cuánto se adentró en el océano tan extraña nave, pero el caso es que antes de que se hubiese completado un día de vuelo, Stephen tuvo la dudosa fortuna de contemplar la mayor erupción volcánica que ha conocido el Hombre. Una columna de 27000 metros de altura, de fuego y humo, se veía en el horizonte. Unas olas gigantescas empezaron a recorrer el mar y a desdibujar costas e islas enteras. Y una explosión de pavesas chocó contra las cuerdas que unían las moscas a la barca separando una buena parte de ellas. La nave duró unas horas más en el aire, pero Stephen estaba completamente sordo y la embarcación iba completamente a la deriva, perdiendo altura progresivamente. Al anochecer cayó con una sola mosca , el libro y el cuaderno, en la cima de una montaña en una pequeña isla en algún lugar de la península de Indonesia. Desde allí pudo contemplar cómo unas grandes olas barrían toda la tierra y cómo llovía fuego. Por suerte la barca de caña le protegió de aquella muestra de ira divina. Cuando todo pasó, Stephen Nì Murchú se encontraba solo en un mundo devastado.

Es difícil imaginar el miedo que debió de pasar éste hombre en tales circunstancias, y el horror que llegó a contemplar. Sólo sus cuadernos fueron testigos de sus pensamientos, hoy perdidos. Lo que sabemos por las crónicas posteriores es que creía que el mundo había terminado y que él era el único superviviente. Pasó tres años encerrado en aquella isla desvastada, enterrando cadáveres como el profeta Elías (¿?) y sin ver un solo barco en el horizonte. En ese tiempo escribió en el cuaderno unas cuantas reflexiones útiles sobre cómo alimentarse en éstos casos, ahorrando papel por lo que pudiera pasar.

Y en 1886, el día de Año Viejo, un buque hizo una parada en la isla. Los navegantes encontraron un cadáver recién fallecido junto a un libro de la biblioteca del Trinity Collage, un cuaderno de bitácora, y un catalejo. Y a su alrededor, una naturaleza que empezaba a renacer. Si hubieran llegado un par de días antes podrían haber rescatado a Stephen Nì Murchù, que fue incapaz de fabricar una caña de pescar decente y que por ello acabó muriendo de hambre una vez se acabaron los insectos y las plantas.

Así fue como acabó uno de los viajes más prodigiosos de nuestros tiempos. De una manera bastante triste. S.M. y sus empleados murieron junto a 36.000 personas más con las olas generadas por la explosión, Doirean se volvió a casar cuando oyó sobre la erupción del volcán, y el capitán del buque devolvió el ejemplar de los “apócrifos de Homero” a la biblioteca del Trinity College. Y lo que se dice es que entre sus páginas se encuentran dos testimonios de la aventura arriba relatada: una mosca aplastada junto a su cordelito, y un helecho carbonizado por la explosión del Krakatoa.