lunes, marzo 21, 2005

Los túneles de la reina Victoria

Si os mencionamos el nombre de Alhazem, asentiréis con la cabeza y diréis “¡oh sí!, ¡el científico árabe que hacia el año 1000 de nuestra era demostró – con argumentos irrefutables- que la luz no era emitida por nuestros ojos sino por una fuente lumínica concreta!” , pero muy pocos le conoceréis también como el geólogo que promulgó la impopular teoría de los túneles aspiradores, hoy ligeramente en boga por la reapertura del más conocido en Stratford, Inglaterra.

Entras por un lado y sales por el otro.

Todos hemos estudiado en E.G.B. cómo es el Planeta Tierra por dentro. Se divide en núcleo, manto y corteza y su interior es incandescente e inestable. Eso cree la mayoría de la gente. Nosotros estamos más con esa teoría que dice que por debajo de la corteza hay otro mundo habitado por seres sorprendentes, sobre el que fantasearon tanto Julio Verne como el compositor español Enrique Fernández Arbós, que escribió una ópera sobre un madrileño que viaja al centro de la tierra (por cierto que Jimina espera ofrecer pronto un artículo sobre éste particular en “Mondo Brutto”).

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Sin embargo, Alhazem no creía ni lo uno ni lo otro, sino algo más bien intermedio. O casi. Sin entrar en el tema de la forma de la Tierra, promulgó una teoría según la cual bajo el suelo había, como en el cielo, unas corrientes de aire caliente y frío, y podríamos ir hacia abajo en una especie de magma como si el mundo fuera un milhojas, encontrando a nuestro paso diferentes sustratos con diferentes entornos -habitados quizás por razas fantásticas e inimaginables - hasta llegar a un centro huracanado. Estas corrientes crearían un colapso inmediato y una consiguiente explosión si no fuera por unos túneles que atraviesan todas las capas y que se entrelazan entre si, pero que nunca comunican una capa con la siguente, actuando como chimeneas de aire. Al contrario que los volcanes, que él explicaba de una forma que ahora no viene al caso, los túneles, numerosos en todo el planeta, expulsarían aire caliente de cuando en cuando.

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En teoría, éstos agujeros que trufan la tierra como si ésta fuera un vulgar queso de gruyère, servirían para hacer rápidos desplazamientos de un punto del mundo a otro, si conociéramos la manera de calcular con precisión cuándo se va a liberar aire caliente, porque en esas expulsiones de gas un humano (o cualquier otro animal u objeto) podría ser aspirado y posteriormente expelido.



Tú a Tanzania y yo a Inglaterra

Sólo se conoce un caso que pudiera probar la teoría de Alhazem, y lo hemos recordado porque precisamente ésta semana se ha reabierto el pozo en Stratford-upon-Avon que, supuestamente, sirvió a dos mozalbetes ingleses y a dos mozalbetes keniatas como programa de intercambio.
Se dice que éste pozo, ubicado en esa bella localidad que vio nacer a William Shakespeare, fue utilizado dos veces y la primera de ellas, precisamente por el afamado dramaturgo, que hizo un viaje a Sumatra que le sirvió de inspiración para escribir “La Tempestad”. Pero esto, por supuesto, no está probado.

Sí está mejor documentado el caso de David Brent y Gareth Keenan, dos muchachos de esa misma localidad que en enero de 1888 jugaban alegremente con la nieve hasta que uno de ellos cayó a un pozo. Cuentan que David Brent pedía auxilio porque el pozo estaba seco y que Gareth Keenan, en vez de ir a buscar ayuda, decidió meterse él también. Keenan era un niño decididamente límite y pensaba que si se ponía abajo y aupaba a su compañero sería más fácil salir. El caso es que una vez los dos estaban abajo, Brent perdió los nervios y se puso a darle golpes a la pared, histérico. Aún nevaba y tenían las manos prácticamente congeladas. Con la furia del momento, derribó parte de la pared y ambos fueron succionados por una corriente que les arrastró durante kilómetros y durante horas.

Lejos de allí, pero cerca del lago Tanganika, dos niños a los que posteriormente se les llamó John y Matthew (por los evangelistas) jugaban en una gruta a ras de suelo. También fueron arrastrados por una fuerte corriente hacia el interior de la tierra. Y unas horas después, vestidos con unos harapos, fueron expulsados del pozo antes citado, para caer al suelo como un puñado de ángulos agudos. Los padres de David y de Gareth los encontraron allí donde sus hijos habían sido vistos por última vez, y estuvieron interrogándoles junto a las fuerzas vivas de la aldea durante varios días.
Después de varias acusaciones peregrinas de brujería, secuestro, asesinato, suplantación de la personalidad y otros, el párroco decidió que esos niños que no hablaban inglés deberían de dormir en las camas de David Brent y Gareth Keenan, por lo que pudiera pasar.

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Mientras, allí abajo, los niños ingleses se encontraron por desgracia con la crudeza de la vida en una zona depauperada, y durante diez años estuvieron viviendo con los nativos, aprendiendo a cuidar del ganado y a construir cabañas de adobe. Durante diez años no vieron a más blancos, pero un día Gareth divisó a lo lejos a un grupo de hombres de su color y fue hacia ellos. Desgraciadamente se trataba de unos boers que iban a la lucha. Al oirle vocear en ingles, le pegaron un tiro confundiéndole con un enemigo. Así fue como Gareth Keenan se convirtió en uno de los 22000 ingleses caídos en esa guerra colonial. David explicó lo sucedido a los aldeanos y éstos le escondieron hasta que pasó la famosa batalla del lago Tanganika.

En Inglaterra, el caso de los niños negros de Stratford fue haciéndose más y más conocido, hasta que llegó a oídos de la Reina Victoria, que además era la máxima autoridad de la Iglesia Anglicana. Como su agenda estaba tan apretada que planeaba las visitas con varios años de antelación (de cinco a diez), les dio audiencia a ellos y a las familias Keenan y Brent para agosto de ese año. Mientras, los emergentes panfletos sensacionalistas fueron publicando información sobre el caso. Sólo un geólogo publicó un artículo en el Gea’s Bazaar (desaparecido periódico sobre fruslerías de ciencias de la naturaleza) apuntando a que probablemente fuera un caso documentado de túneles de corrientes de aire y que esto debía de ser investigado a fondo. La repercusión del artículo se redujo a la visita airada de una dependienta de una tienda de jabones, que decía que era lo más idiota que había leído en su vida, y que enojada, arrojó una pastilla a la cabeza del autor, Christian Thibert, que tuvo que guardar cama durante una semana tras la inexplicable agresión.

Éste hombre, el profesor Thibert, viajó a Stratford-Upon-Avon para hablar con los implicados pero sólo recibió las chanzas de los lugareños. Hacia abril, las familias implicadas le acogieron y dejaron que enseñara inglés a los dos “negritos”, para que pudieran explicar lo que pasó.
Finalmente, llegó el verano y con él, la visita a la Reina Victoria. Ésta decretó que los negros eran ciudadanos ingleses y que deberían de recibir el sacramento del bautizo, de tal modo que pasaron a llamarse John y Matthew. Y curiosamente, Christian Thibert fue nombrado mentor de los muchachos al rechazar los padres de los niños desaparecidos tener cualquier parentesco con los dos negros. El asunto hubiera sido un precedente sobre derechos humanos al tratarse de dos chicos de color, pero desgraciadamente el día 31 de ese mes, Mary Anne Nichols fue asesinada en el londinense barrio de Whitechappel y la prensa se volcó de lleno en el primer crimen de Jack el Destripador.

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Con calma y una taza de té. El reencuentro

Con el Destripador llegó el olvido. Todo el mundo sabe que él dio comienzo al siglo XX, pero pocos se acordarán de lo que se hizo de ese plumilla del Gea’s Bazaar y de los niños africanos. Ellos se trasladaron a Londres y quince años después abrieron una sala de cine con el dinero de Thibert, que no paró de investigar los pozos de Stratford en busca de una nueva “fuga” que le permitiese viajar a donde estaban los muchachos ingleses. Con el tiempo fue cogiéndole sincero cariño a John y Matthew pero era evidente que su corazón colonialista ansiaba recuperar a los muchachos ingleses, que él imaginaba desconcertados en medio de algún lugar de África.

Con paciencia y no pocas infusiones de Darjeeling, entre los tres pudieron imaginar de dónde habían venido John y Matthew: posiblemente de Tanzania.

Mientras tanto, David Brent vivió escondido hasta que los ingleses fueron ganando terreno. Una vez entró en contacto con ellos, se despidió de su familia africana y se embarcó en un buque rumbo a la Gran Bretaña. Antes de irse, cogió una piedra de obsidiana y se la guardó en el bolsillo; no se separó de ella hasta el día de su muerte, ya que decía que África iba en esa piedra. Cuando por fin puso el pie en Stratford, no pudo ver a sus padres ya que habían fallecido años atrás. Sí pudo ver a unos tíos y a los padres de Gareth, a los que explicó las circunstancias de la muerte del muchacho. Apenados, los habitantes del pueblo comprendieron que Thibert tenía toda la razón, y tapiaron el pozo y lo cubrieron de tierra para evitar futuras desgracias.

David viajó con el dinero de una colecta a Londres, a visitar al prof. Thibert y a John y Matthew. Ellos le dieron trabajo como proyeccionista de su sala, y así fue cómoe convirtió en un gran cinéfilo y poco después, en el fan número uno de Lillian Gish en la pérfida Albión, a la que empezó a escribir cartas en las que le explicaba su aventura, movido por un extraño amor romántico hacia la intérprete, a la que veía como un hombro sobre el que llorar. . Tal era el nivel de la correspondencia que la estrella de cine hizo un viaje relámpago a Londres a conocer en persona a su admirador (cosa que no pasa nunca, la verdad) en compañía de David W. Griffith, que estaba interesado en rodar un melodrama sobre el tema de los túneles que nunca llegó a rodarse. Gish le veía como a un moderno Allan Quatermain.
John y Matthew murieron durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, al negarse a abandonar su sala de cine, y David Brent murió tranquilamente en Stratford-Upon-Avon en 1954 rodeado de sus hijos y nietos, y con una foto dedicada de la diva del cine mudo que decía “Para David, el héroe de África”. Respecto a Thibert, falleció en 1932 sin conseguir el reconocimiento por una vida dedicada a las teorías de Alhazem. Su trato con los populares del siglo XX (estaba envidioso de la atención que la Gish le prestó a David) se limitó a una serie de cartas que le envió a Albert Einstein, de las que sólo obtuvo unas cartas de respuesta que terminaron con el telegrama-bomba “Ya (le he) dicho (que) Dios no juega (a los)dados. (Usted es)Cargante."

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Colofón

Ésta semana se ha desenterrado el pozo que inició todo esto para construir una fuente pública. Tan sólo dos geólogos se han manifestado en contra. ¿Habrá más viajeros de las corrientes de aire? ¿Cambiarán sus vidas tanto como las de John, Mathew, David, Gareth y Christian? Algún día conoceremos las respuestas a éstas y otras preguntas…

PD: Por favor, que funcione lo de las fotos...