sábado, abril 30, 2005

¿Quién quiere hacer bookcrossing con nosotros?

A ver, al final no vamos a poder colgar lo del hipnotismo por fallos técnicos. Que nos falta una fuente por comprobar, más que nada.

Entre tanto, mañana vamos a dejar dos libros en el aire, literalmente.
El sábado a las siete y el miercoles a las tres, uno y dos libros estarán surcando el espacio aereo comprendido entre Madrid y Barcelona, a la espera de que algún ocioso pasajero volador los encuentre.

Emocionante, ¿verdad?

Bueno, pues aparte de eso, queríamos hacer bookcrossing con vosotros. Sí, sí, con vosotros. Es muy sencillo. Durante la siguiente semana, nos mandais un mail a yogourth_rancio@yahoo.es con vuestra direccíón de correo normal, y la otra, para que hagamos el círculo.
Requisitos:

1. INTERÉS. Si te apuntas, que sea porque te interesa compartir libros con los demás.

2. ESPÍRITU ANALÓGICO. Este círculo va a ser esencialmente vía correo ordinario ,así que hay que tener presente que hay que ir a la oficina de correos, comprar sellos, escribir alguna notita manuscrita...

3. GUSTOS COMUNES. Tú ya sabes cómo respira el Yogourth Rancio, así que te puedes imaginar por dónde irán los tiros. En esta semana vamos a elegir el primer libro...

4. RESPONSABILIDAD. Si tardas por lo que sea en leerte el libro, manda una pequeña nota al siguiente para que no se pare la cadena. Si no tardas nada, envía inmediatamente la mercancía al que vaya detrás de tí. Intenta no deteriorar el libro porque si no al tercero está que se cae a cachos. Tampoco vale decir "uy que edición más chula, me lo quedo". Nostros somos muy de libro de tapa dura.

5. LIMITACIÓN. Por comodidad, seremos en un principio un máximo de doce personas. No importa de dónde seas, pero sí que cumplas los requisitos anteriores.

Otra cosa más, la semana que viene anunciaremos el título de salida. Luego, cuando esté el círculo hecho, ya podeir proponer todos. De momento, nosotros empezamos. Si ese título no os gusta, podéis indicar en el comment que de momento no queréis formar parte del círculo.

Nada más, que durmáis todos bien.

Besos para todos, como decía aquel.

jueves, abril 28, 2005

Un tonto test

¡Hola! Soy Guillermo Trampitas, he recuperado mi contraseña (menos mal que la tenía apuntada en la agenda del año pasado...).
Para celebrar el poder volver a postear con mi verdadera identidad, he decidido hacer uno de esos test de quizilla. No sé por qué me ha salido esto. Al fin y al cabo soy alguien que pasó la madrugada del sábado vendiendo granizado de limón...

Death
You are sad because of your life and obsession with
death

Why are you sad? [amazing pictures] For darker people
brought to you by posted by Guillermo at 7:35 p. m. |

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miércoles, abril 27, 2005

Hola! Soy Guillermo Trampitas posteando desde la cuenta de Criptobia Fernández, porque HE VUELTO A OLVIDAR MI CONTRASEÑA.

Estamos compilando datos sobre el tipo que hipnotizó a Antoinette en el Transiberiano. Y la verdad, estamos aterrados. De las efemérides que hemos compartido con vosotros, es una de las más inquietantes. Éste hombre, Alexander Guchkov, escribió un manual de hipnosis del que, de quedar un ejemplar, se convertiría en un documento absolutamente revolucionario. Contenía lo que venía a ser como la clasificación de almas humanas definitiva, y la manera de acceder a ellas. Una especie de versión en carne de la clavícula de Salomón.

No sabemos si podremos encontrar aunque sea un resúmen de esa parte del libro (todos fueron destruídos) pero no dudéis de que, de ser así, os haremos la transcripción.

Por lo demás, hemos recibido hoy en el apartado de correos del Yogourth (esto es para nuestros negocios de sociedad secreta, pero tenéis por ahí el número) un paquete con todos los documentos de Jimina Sabadú, y ella se ha alegrado mucho sobre todo por un par de cosillas.

Nada más por hoy, nos alegra ver que los comments se van alegrando. Para los que no los veáis, pulsando sobre la hora del post y luego abajo del todo.

Las casas, nuestra vida, todo.

Hola a todos otra vez! Vaya furia posteadora, ¿eh? La verdad es que corren buenos tiempos aquí en el Yogourth. Dentro de poco nos tendremos que volver a encerrar (es decir, nada de acontecimientos sociales ni visitas ni nada de nada) a corregir nuestro almanaque, a aprobar algún que otro examen (somos personas al fin y al cabo) y a terminar la web esa que nadie conoce y que está aún más pobre que esta, que ya es decir.
Bueno.

Nos hemos estado reuniendo más de lo habitual para dirimir una cuestión: ¿por qué no podemos colgar más que noticias? Pues porque el blog está para eso, claro. Noticias y efemérides de lo extraordinario y maravilloso. Artículos divulgativos. pero claro, no podemos colgar una cada semana. El mundo es grande y la historia escrita larga, pero no podríamos. Por eso vamos a volver a comentar, de cuando en cuando, nuestras aventurillas como sociedad secreta. Hoy, sin ir más lejos, nos hemos perdido una conferencia muy interesante, pero por un buen motivo (¡y tan bueno!).

El caso es que como se avecina un post sobre libros (vamos a mover de lugar la sección de ex libris porque está muy incómoda para actualizar y de hecho tenemos una buena cantindad de reseñas en word que nunca se colgaron; la vamos a alojar en livejournal con fáciles comentarios y todo eso) vamos a hablar un poco de HP, nuestro querido mundo HP.
Si sois un poco observadores, os habréis dado cuenta de que como pandilla somos un poco irritantes en plan Harry,Hermione, Ron, "las gemelas de santa Clara" o "los cinco", y no nos molesta en absoluto. Nos encantan esas novelas y las seguimos leyendo. Por cierto, últimamente estamos enganchadísimos a "una serie de catastróficas desdichas".

Pues al hilo de un conversación con Draco Malfoy unos comments más abajo, nos hemos dado cuenta de que A HOGWARTS LE FALTA UNA CASA. Y el Yogourth nos libre de queder faltar a la autoridad de la Rowling. Pero sí.

Observad atentamente.

En Hogwarts hay cuatro casas, a las que eres enviado según tu personalidad. Los valientes, los tenaces, los "el pobre lo intenta", o los hijoputas tienen un lugar donde el Sombrero Seleccionador puede enviarles después de algunos pareados. Las casas se corresponden con los roles de película teen hasta cierto punto.

SLYTHERIN es para los chungos , los macarras, los que se saltan las clases para fumar o los que hacen trampa con las tarjetas del Trivial Pursuit. Son como la pandilla de karatekas makei de "Karate Kid" o como Fairuza Balk en "Jóvenes y brujas". Su papel está claro: fastidiar a todo el mundo.

RAVENCLAW tiene un toque más elegante, más de personaje manga. Son a los de Griffindor lo que el Caballero del Dragón a repelente Seiya. Todos sabemos en el fondo de nuestro corazón que tarde o temprano alguno de ravenclaw morirá en un enfrentamiento con Lord Voldemort, o Voldy, como gustan de llamarle los hpfans. Además, van de misteriosillos. A nosotros no nos terminan de molar. Y encima está Cho, que no, es que no le pega nada a Harry, ¿verdad? ¿No le veis más con alguien tipo Fleur Delacourt, si esta lo deja finalmente con Krum?

HUFFLEPUF, con ese nombre tan onomatopéyico, son el equivalente aventurero a ese premio de los concursos de karaoke y cosplays que siempre se llama "al más gracioso", "lo han intentado", "nos hemos reído mucho de ellos", etc. En las películas americanas son el gordo sin fortuna, sin chispa. Poco más que un gag de una línea obra de un guionista sin talento. Un personaje muy Huffplepuf sería Screech, de "Salvados por la campana".
Recordamos un bello momento de "Donnie Darko" en el que Donnie le dice a Cherita Chen algo así como "algún día todo te irá bien, te lo prometo" arrojando un breve rayo de luz a su condición de miembro vitalicio de Hufflepuf en la película. De hecho, el único ser decente que tenían en esa casa era Cedric Diggory, del que no os decimos más por si no habéis leído el cuarto libro (en tal caso, ¡ya os vale! ¡que es el mejor!) . Pero lo que le pasó seguro que fue un castigo divino por quitarle la chica al Potter.
Y finalmente GRIFFINDOR. Nos duele en el alma per son la versión pitagorinizada del equipo de animadoras. Son los guays, los enrrollados, los que dan las fiestas más cañeras, los más rubios y los que más ligan. Tienen al pibón (al menos en las pelis, porque no olvidemos que en el libro Hermione Gangrer es mofletuda, dentuda, y poco agraciada en general), al gracioso guapo Ron, y por supuesto a Harry. Son al mundo de Hogwarts lo que los delfines al mundo subaquático. Y que Namor nos perdone.
Que sí, que los chicos de Griffindor corren y saltan que da gusto, resuelven misterios (¡como nosotros!), sacan de apuros a todo el mundo mágico, se enfrentan a perros de dos cabezas, serpientes gigantes, dragones, dementores, arañas sobredimensionadas, hombres lobos, defienden a los hipogrifos y a los oprimidos...pero siguen siendo un poco así. Un poco como "los chicos de Beberly Hills" (aquella serie de dibujos de unos niños super ricos que estaban todo el día en heladerías y montando a caballo) o "Jem y los hologramas" en "Jem, chica pop" (y en este caso, las Misfits serían los de Slytherin, más punkarras y desviadas).
De hecho, cuando Draco -el del libro, no el del tag- quiere humillar a Nelville Longbottom, le dice que "deberías estar en Hufflepluf" .
Lo que decimos es, ¿cuál es entonces la casa del superchaveas, del pitagorín,del geek terminal, del otaku, del NERD IRREMEDIABLE, en definitiva? ¡¡¡Ninguna!!!!
Al menos, ninguna en principio. Al principio os hemos dicho que falta una casa, pero NO. Y aquí viene uno de los motivos por los que "Harry Potter" mola tanto: porque se desarrolla en un mundo paralelo en el que ser pitagorín es lo más guay del mundo, donde todo gira en torno al nerdismo radical. Porque el mago es también un nerd sin pies ni cabeza. Dumbledore es nerd, Snape es nerd (pero malo), Sirius es un nerd aventurero...
Es decir, que en algún lugar, Hogwarts existe para todos nosotros.
Buenas noches, Vietnam
PD: Este ha sido de momento el primer post abiertamente friki, pajero, nerd, como queráis llamarle. No estamos seguros de que no vaya a ser el último. Consultaremos los documentos.

martes, abril 26, 2005

¡Al fin!

Quizás, si sois observadores, habréis notado cierto aire pesadumbroso en este blog nuestro. Resulta que estabamos pasando por una penosa situación financiera.
Pero esto se ha solucionado gracias en parte al puesto de granizados de limón glasé que pusimos en la madrugada del sábado en la Gran Vía madrileña. Qué éxito de público, qué entusiasmo, qué subidón de azucar. Increíble.

Así que ya tenemos el dinero necesario para editar la PRIMERA ANTOLOGÍA DEL YOGOURTH RANCIO, donde se recojen, corregidas y ampliadas, las noticias de los años 2003 y 2004. Además incluirá un índice onomástico (¡nos encantan los índices onomásticos!) y una breve exégesis (¡nos encanta la palabra "exégesis"!) de nuestra sociedads.

Solo nos queda corregir
adios!

ESTO NO DA MIEDO…

Cuando se discute sobre quién es el mejor escritor de historias de terror, unos apelan a los clásicos señalando al gran Edgar Allan Poe, otros señalan al pretenatural H.P. Lovecraft como ganador, y hay incluso quien prefiere a Clive Barker sobre todas las cosas. O incluso a Stephen King. O el más difícil todavía, hay quien cree que los libros de Ann Rice dan miedo. A nosotros nos dan miedo, pero por otros motivos.

El caso es que pocas veces se habla del peor escritor de historias de terror, porque no hay esa querencia por lo chusco que encontramos en ámbitos como el cine (¿cuál es peor para vosotros, “El Ete y el Oto” o “Plan nueve del espacio exterior”?) o la música (¿qué es más horrendo, el “vamos a la playa, uooo ooo” o cualquier track de “transformed man” del capitan Kirk?).
Pero, sí que hay un peor escritor de historias de terror. Y no es Ann Rice. Es el semidesconocido Iupiter Kaczmarek. Lo cual es una pena, porque con semejante nombre – casi parece uno de nuestros pseudónimos – se podría haber hecho famoso en un abrir y cerrar de ojos. A lo mejor os suena como personaje de la vida parisina de fin de siglo, ya que fue un asiduo del Moulin Rouge y otros centros legales del mal vivir. Y precisamente esa es la parte de él que se recuerda, gracias a la biografía de Tristan Tzara que se va a publicar dentro de unos meses dentro de la colección “club diógenes” de esa editorial de la que todo el mundo debería aprender. El volumen recogerá tanto la citada biografía “Un domingo con Iupiter” como una recopilación de cuentos cortos del propio Kaczmarek.

El viento entre los cipreses

La infancia de Kaczmarek, irónicamente, parece sacada de las fantasías de Poe. Criado en un pueblo de Bulgaria cercano a Plovdiv, pasó esos primeros años encerrado en una habitación acolchada y con una pequeña ventana que daba al cementerio, ya que sus padres temían que tuviese la misma enfermedad de los huesos que llevó a la tumba a su hermano mayor Marek. Para cuando se convencieron de que no era así él ya contaba doce años, y por la falta de contacto con el exterior se había convertido, ésta vez de verdad, en un niño enfermizo.
Pero hasta que eso sucedió, pasaba las horas muertas con su madre, que le contaba terribles historias de resucitados, espectros, y brujas. Al mismo tiempo su padre, que también se llamaba Marek, le enseñaba los secretos del embalsamado y todas las causas posibles por las que alguien podía fallecer, ya que ocasionalmente ejercía de enterrador. Además, había empezado la carrera de medicina, pero fue expulsado de la Universidad de Sofía por presentar los exámenes en verso. El tribunal consideró que un ejercicio lírico de tan ínfima calidad solo podía ser una burla del noble oficio de galeno.

El caso es que su salida al mundo no fue todo lo feliz que debiera. Su padre le regaló para que no tuviera miedo, un hurón disecado y un trozo de la mandíbula de su fallecido hermano (la cual habían rescatado como amuleto familiar). En el colegio, los demás niños no quisieron acercarse demasiado al amenazador hurón y además empezaron a ver a Iupiter como un colgado al que era mejor evitar. Él, motu proprio, le rogó a sus padres continuar su educación en casa. Así fue como se convirtió, tan solo con una enciclopedia, en un joven leído, educado, y preparado para afrontar cualquier conversación. Y años después, todavía consideraba que esos fueron los años más felices de su vida.
Terminaron, de hecho, un día que el matrimonio Kaczmarek salió a pasear por el río. Intentando pescar truchas con la mano, igual que los osos, el marido resbaló y la esposa, al ir a socorrerle, se golpeó también en la cabeza. Fue un duro golpe para Iupiter, quien a pesar de todo heredó ese día una pequeña fortuna que le abriría un mundo de posibilidades. Y algo cambió en su cabeza. Los cuentos de su madre que antes le aterrorizaban, empezaron a constituir para él una especie de Arcadia melancólica, un lugar mental en el que descansar y reponerse de los sinsabores del siglo.

Quien pierde una trucha, gana un destino

A pesar de que la idea de viajar a la capital, Sofía, le tentaba, Kaczmarek tenía demasiados pájaros en la cabeza como para quedarse tan cerca de casa. Fascinado por las historias de la Revolución Francesa, decidió irse a vivir a París, la ciudad de las luces.
Lo que allí encontró no tenía nada que ver con lo que había leído en los libros. El oscuro París de las Tullerías, del Termidor, de la lucha diaria y de la toma de la Bastilla (que él veía, en cierto modo, cercano al mundo que vivía con sus padres) era todo lo contrario de aquella explosión de luz y color que se encontró en las calles de Montmartre fin de siglo. El lugar era un hervidero artístico, un alambique que hacía fermentar un tipo de revolución muy distinta a la que él había ido buscando. Y precisamente, por ser él un hombre fuera de lo corriente, consiguió trabar amistad con todos los artistas de la época. No era extraño verle bebiendo absenta con Tolouse Lautrec mientras charlaban sobre lo divino y humano.

Pero lo que buscaba Kackmarek no era bohemia sin más, sino encontrar el tema para su obra literaria. Decía a todo el mundo que quería hacer terror. Pero lo que todos identificaban con terror no tenía nada de terrible para Iupiter, que se empeñaba en demostrar que estaban equivocados. Empezó a dar largos paseos verja de Versalles arriba, verja de Versalles abajo, pensando, hasta que dio con la solución. Y con algo más.

Las dos Antoinettes

Era, dicen, una fría mañana de febrero, cuando la niebla salió del Sena para envolver la ciudad. Iupiter Kackmarek creyó ver una sombra caminando en dirección a él. Unos pasos más adelante, los ojos más grandes que había visto nunca (perfilados con kohl) le contemplaban. Su túnica blanca, melena despeinada, y tez nívea (perdón, es que estamos casi citando textualmente de Tzara) le dejaron sin habla. Porque la criatura que tenía delante era, ni más ni menos, el vivo ejemplo de lo que su madre describiera años atrás como un espectro. De hecho, ella se presentó como un espectro. A él se le cayó el cuaderno de notas y lo vio claro: debería de escribir sobre Maria Antonieta y las malvadas ardillas del Trianón. La relación entre ambas cosas, la desconocemos. Los escritores, a veces, ven un aguacate y se les ocurre una obra de teatro sobre las guerras púnicas simbolizadas en una pareja neoyorquina que discute durante las vacaciones.

El caso es que el espectro se identificó como Antoinette, y dijo llevar vagando varios años sin descanso. Y Kackmarek, lejos de asustarse o de irse de allí con desconfianza, la invitó a pasar unos días en su casa. Porque para él, un espectro no sólo era algo que inexplicablemente no había visto antes, sino que también era una buena cosa. Si había algo que a Iupiter le inspirara más confianza que un licántropo, ese algo era sin duda un espectro.
De manera completamente normal, llevó a Antoinette de esa misma guisa a los locales habituales a beber absenta con su círculo. Allí nadie daba crédito, y creían que todo aquello de los fantasmas no era más que una barroca excusa de Iupiter para no decir que estaba viviendo en concubinato con aquella extraña muchacha. Nada más alejado de la verdad.
Antoinette, con su complejísimo cuadro psiquiátrico, dormía de pie apoyada la frente contra la pared, lo que le daba horribles dolores de espalda. Por la mañana lanzaba grandes lamentos que su (ahora sí) amado interpretaba como el lógico y deseable quejido de un alma en pena. Allí, con ella dando tumbos por la habitación sin un motivo concreto, Iupiter Kackmarek escribió los doce cuentos de terror que componen la parte más importante de su obra. La terrorífica historia de la reina Maria Antonieta, quien estando con sus hijos y su amiga la marquesa de Polignac en el Trianón – complejo arquitectónico de estilo clásico para recreo de la realeza – recibe la visita de tres ardillitas y una mariposa gigante que hablan, cantan, y gorjean.
Fueron, a su manera, días felices. La pareja se aisló por miedo al mundo exterior y la manera de expresarlo, al menos para Karckmarek, fue escribir de manera terrible sobre lo que, precisamente, de terrible tenía poco.

El rechazo, el pudor, y el abandono


Antoinette empezó a hablar regularmente, al fin, transcurridos dos años. La convivencia con un hombre que no veía lo que todo aquello tenía de raro hizo mejorar la salud de la joven, que empezó a actuar casi como una persona normal. Un día se cepilló el pelo y con unas cuerdas hizo de su túnica algo parecido a un vestido, o al uniforme del Ku Klux Klan. También se empezó a mirar al espejo y a actuar como una persona, no como un espectro. Y decidió acompañar a Iupiter a buscar un editor. No hemos mencionado que la extraña pareja jamás se había tocado, pero ni un pelo. ¿Para qué? Ella era al fin y al cabo un ser incorpóreo, poco más que un hectoplasma de agradables formas.
Antoinette empezó a sugerirle a Kackmarek que quizás deberían ir del brazo por la calle. Él hizo oídos sordos, y juntos pero no revueltos fueron recorriendo uno a uno los despachos de todos los editores de París, que no daban crédito a lo que veían, y mucho menos a lo que leían.
No era ya que los cuentos no provocasen los sentimientos turbadores que, por definición de género, estaban llamados a despertar, sino que además parecían la redacción sobre un verano aburrido escrito por un niño de primaria.
Para muestra, un botón. El comienzo de “Refresco en tetera de plata”:

“Era un día de julio y hacía calor como para sudar pero no tanto como para quitarse el jersey. Además, el polen no se había ido y a quien más y quien menos, a todo el mundo le picaban los ojos. Maria Antonieta bostezaba en el porche apoyada en la estatua desnuda de Hermes, y Madame Polignac hacía lo que fuera por la cocina. No pasaba nada divertido y aquello era un muermo. Pero muermo, muermo. El trino de los pájaros recordaba más bien a la carraspera de una morsa así que el ambientillo no mejoraba de ninguna de las maneras.
Pero iba a pasar algo misterioso y sorprendente. Pero todavía no puedo decir lo que es. Os vais a quedar de piedra cuando paseis la página.
El caso es que allí seguían, cada una a lo suyo. Probablemente llevaran varios días alimentándose sólo de castañas asadas, por puro esnobismo. Cosas de la aristocracia francesa (…)
Y entonces, de entre los matorrales salieron…¡tachan, tachán! … ¡¡¡tres ardillas!!! Y una mariposa gigante, rosa, bastante fea. Empezaron a rodar por el jardín y a darse la una contra la otra, con torpeza y alevosía. Hablaban un poco como los bebés y sólo tenían tres dedos, manchados de barro. Anduvieron hacia las dos señoras, con aire decidido. Ellas estaban expectantes, porque las ardillas no hablan ni hacen jueguecitos. No obstante, volvieron a bostezar, porque andaban muy despacio. La mariposa, entre tanto, se dio media vuelta y se echó a dormir.”

Y así todo. Si ahora mismo lo rodase Lynch, sería una obra maestra de la tomadura de pelo con estilo, pero no fue el caso, en vista de lo cual, los editores le rechazaron en masa. Y el dinero, malamente invertido, se esfumaba. Cuando Kackmarek fue despedido del último despacho (el de un editor de novelas policíacas que le recomendó visitar a su neurólogo), la pareja se fue a casa sin cenar. Y Antoinette se metió en la cama con Iupiter. La actitud de ella, claramente receptiva en lo carnal, se tornó en ira e histeria cuando él alegó, con toda su buena intención, que los espíritus no son corpóreos y que por tanto no se puede fornicar con ellos.

Antoinette, en pleno shock, se dedicó a destruir la habitación y acto seguido se fue dando un portazo. Kackmarek intentó seguirla, pero como seguía delicado de salud, se quedó agachado en el suelo, jadeando, mientras ella se perdía en la noche en la que se apagaron todas las luces en París.

La larga noche de Júpiter

Lo que sucedió después tiene poco de agradable. Iupiter Kackmarek se dio a la bebida y terminó por perder todo lo que tenía. Su casera se compadeció de él y le dejó seguir viviendo allí gratis, o por lo poco que sacaba de cuando en cuando dándole consejos profesionales al dueño de una funeraria dos calles más abajo, que era por lo visto una completa nulidad. Incluso, para pagar deudas, tuvo que vender la cama, y empezar a dormir “à la antoinette” (que es una forma coloquial de decir en francés “dormir de pie con la cabeza apoyada en la pared”), hasta que los de la funeraria le cedieron un ataúd de pino y unas colchas para que se las apañase como pudiera.

Y un día, en pleno delirium tremens, se vio acosado con conejos, cervatillos, mariposas, duendecillos, cajas de bombones, cielos soleados, hamsters, y otros animalillos del bosque. Alzó la vista aturdido, turbio por la absenta, y contempló el rostro de Antoinette una vez más, en el cuerpo de un hada, con sus alas, su corona, su varita, y sus ropas brillantes. Se defendió, tiró la mesa al suelo, se puso contra la pared y le rogó a la feérica aparición que se fuera, que le dejase en paz. El hada estiró la mano y le tocó la mejilla. El tacto cálido de aquellos dedos fue más de lo que su corazón podía soportar y cayó fulminado.
Los parroquianos, un pelín menos ebrios que él (pero muy tocados de todas maneras) contemplaban atónitos el espectáculo: una mujer de grandes ojos pintados con kohl, vestida de hada, estaba de pie, inmóvil, ante el cuerpo sin vida de un búlgaro que no pudo llegar a entender que su amada había regresado.

Antoinette había vuelto para decirle que ya estaba bien. El encuentro fortuito con un talentoso estudiante de psiquiatría la había convertido casi casi en una persona normal.

Ella, tras el shock, había tomado trenes y barcos hasta llegar a Moscú, donde estuvo a punto de morir congelada en la Plaza Roja. Como en “la cerillera” de Andersen, pudo sobrevivir prendiendo una caja de bengalas que había robado a su paso por Berlín. Por suerte para ella, unas ancianas que pasaban por allí esa mañana la confundieron en su senectud con la Virgen María y le dieron unos rublos con los que ella pudo comer, comprar un abrigo (signo de que empezaba a regir un poquito), y viajar hasta Vladivostok. Allí, por problemas administrativos, acabó montando en el Transiberiano, donde cambió su suerte.
Acompañada de campesinos sin estrella, coincidió con un joven estudiante de psiquiatría que, acostumbrado a las esquizofrenias, consiguió sonsacarle algunos datos de su enfermedad antes de llegar a los Urales. Para cuando estaba hablando de su relación con Iupiter, todo el vagón estaba arremolinado en torno a ella, completamente atrapados por la candidez narrativa de Antoinette. El psiquiatra iba traduciendo del francés al ruso simultáneamente, con lágrimas en los ojos.
Un día después accedió a probar la hipnosis con el estudiante. Este, por el traqueteo del tren, consiguió hipnotizarla solo a medias, de tal manera que terminó creyendo que era un hada. De todas maneras, estaba decidida a volver a París volando, parcialmente desnuda, a unas temperaturas muy poco saludables. El resto del pasaje, absolutamente conmovido, no podía darle demasiado dinero, pero sí emitir algunas monedas falsas con miga de pan congelada y algo de pintura.

Así, en la última parada allí por donde Cristo dio las tres voces (es decir, a la altura de China), Antoinette se despidió feliz de sus compañeros de fatigas, concediéndole un deseo a cada nuevo amigo que, por supuesto, no se cumplió. Ella tardó un año aún en volver a París y una vez allí, fue imposible consumar el matrimonio de facto en el que se habían convertido.

Epílogo a una muerte absurda

Antoinette se curó tan pronto como se vio vestida de haga en medio de un bar y con un muerto a sus pies y huyó con los últimos rublos de pega al sur. Estuvo trabajando en San Sebastián de camarera hasta el día de su muerte, conservando consigo todos los documentos relativos a su relación con Iupiter Kackmarek y también sus cuentos. Más tarde, estos llegaron a manos de Tristan Tzara, que los vio como una clara indicación de que el dadaísmo iba a ser todo un logro. De hecho, como se explica en el prólogo de Juan Rulfo, la relación recuerda - en lo literario- un poco a la de Nora Barnacle y James Joyce, pero con desiguales resultados.

Nosotros estamos deseando poder leer al fin “Un domingo con Iupiter” en castellano, acompañado de sus cuentos…

La semana que viene os hablaremos del extraño caso del universo paralelo de Svens Endre, una suerte de Gulliver sueco cuyos horribles viajes le llevaron al suicidio. Y también queda pendiente hablar del misterioso estudiante de psiquiatría que sacó a Antoinette de su locura, gracias al cristal de lámpara de araña que usaba en la hipnosis.
Y nos vais a perdonar que no haya imagenes ilustrativas, pero como la historia es tan larga y es tan, tan tarde... es que me han dejado aquí sola colgando esto :-( Vagos...
PD: Por cierto, de un tiempo a esta parte tenemos más visitas, más entradas en el tag, y estamos muy contentos. Tanto, tanto, que nos planteamos hacer una pequeña soirée para los asiduos. Contradice un poco los principios de toda sociedad secreta, pero...

lunes, abril 25, 2005

El pozo y el péndulo

Ay, ay, ay....
¡qué disgusto tenemos!
Llevamos todo el fin de semana preparando un post sobre la asombrosa vida y obra de Iupiter Kackmarek y no nos ha dado tiempo a terminarlo, y no podremos ponerlo hasta mañana por la noche.
Desde luego, nos da una rabia... En fin, que lo sentimos mucho. pero como nos quedan datos por cotejar, imagenes que encontrar, y sobre todo un par de correcciones ( que si no, luego todo son quejas) , pues es mejor que nos esperemos hasta mañana.

Además os debemos un post de esos de acuse de recibo que ponemos de cuando en cuando, contando lo que hacemos y lo que no hacemos. Y es que en el último mes hemos hecho cosas tan dispares que ni nosostros mismos nos lo creemos. Ahora mismo, haciendo balance, lo único que ha fallado este mes es que no hemos sido capaces de encontrar el quinto tomo de la rosa de Versalles, con lo enganchados que estamos. Y que aquí a la señorita relaciones públicas le han robado la cartera, con información clasificada dentro.

En fin, nos retiramos a la yogurtera, todos. Guillermo Trampitas está pintando la casa en el arbol que os comentamos hace unos posts y vamos a empezar a pernoctar allí algunos días de fin de semana, con mochilas rebosantes de galletas, cantimploras con fanta + cocacola, tebeos, y por supuesto, extraños legajos y recortes de periódico que nos ayudarán a seguir luchando contra la mixtificación.

miércoles, abril 20, 2005

LA RENAIXENÇA GEOLÓGICA, COMO QUIERAS LLAMARLA. EFEMÉRIDE DE UNA REVISTA IMPOSIBLE.


Hace dos post ( y hace casi dos meses, maldita sea) mencionábamos una pequeña publicación, el Gea's Bazaar, que merece un poco más de atención de la que le hemos prestado.
Cuando os hablamos de una revista sobre "fruslerías geológicas" no estabamos de broma. Y es que el Gea's Bazaar fue probablemente la primera y última revista de geología en tono de humor. No son dos cosas que se suelan dar juntas. Si hablas de geología no estás haciendo chistes y viceversa.

La revista (bimensual y por suscripción) nació en 1868, en plena efervescencia de los movimientos revolucionarios y románticos. Sus autores no eran solamente hombres de ciencias, sino también libertarios comprometidos con la causa que pretendían acercar este árido mundo al populacho.
La idea partió de Rudiger y Vivianne Kempsey, hermanos de Londres que, tras pasar un verano indolvidable en la isla de Aran, empezaron a preocuparse por el analfabetismo de la época y por la brutalización del individuo en plena Era Industrial. Cavilando sobre cómo acercar los nuevos conocimientos a la masa de zotes de las plantas fabriles, decidieron unir ciencia y humor en un solo panfleto, y así nació el Gea's Bazaar.
La linea editorial era clara: artículos divulgativos de escasa credibilidad, tiras cómicas sobre Spinoza, Cristobal Colón y Galileo (inolvidable aquella en la que los tres abren una panadería en medio del océano Indico...) , consejos mcgiver para medir seismos con una patata nacida y un alambre... Sin olvidar, por supuesto, la incendiaria sección de opinión que no respetaba a nada ni a nadie. Desde sus páginas, criticaron el colonialismo sajón, el estado de las carreteras del interior, la suciedad que producía el carbón...

Pero los lectores no fueron los deseados. En las fábricas no tenían tiempo, ni humor, ni cultura, para estar descifrando los abigarrados chistecillos de aquel grupo de enfants terribles de la pedantería científica. Sin embargo en las universidades y los lupanares homosexuales, era un clamor: el Gea's Bazaar era la revolución estética, cultural y divulgativa que el mundo estaba esperando. La tirada aumentaba y también el enfado de las autoridades, que buscaba un buen motivo para vetar aquel pasquín.

Paralelamente, los hermanos Kempsey comenzaron a dar unas meriendas en su casa de Cherry Tree Street que más bien eran merendolas. Un desfile interminable de lo más granado de la cultura londinense y , a veces, mundial de aquel momento. En principio, el objetivo era (como suele pasar en estos casos) arreglar el mundo meneando un poco el bigote con tarta de manzana y té pakistaní, pero pronto, con la llegada del opio a las reuniones, aquello pasó a ser algo bien distinto. Las meriendas se alargaban hasta bien entrada la madrugada y la albarabía era tal, que en más de una ocasión intervino la policía.

Durante la época dorada, convirtieron Londres en una fiesta colorista plagada de ingenio, creatividad, té, y simpatía, pero las amenazas de un enemigo que hoy permanece secreto acabaron con aquel espíritu hedonista.
Una noche, los hermanos Kempsey (que permanecían solteros) oyeron como llamaban a la puerta. El servicio parecía estar profundamente dormido. Cuando abrieron, se encontraron en medio de la niebla a un embozado con una enorme máscara de pájaro de madera, con unos brazos nudosos que inspiraban terror y con una voz grave pero implacable. Les señaló una carta que había en la puerta, clavada con una daga en cuya empuñadura podía distinguirse claramente el simbolo de los masones.
El enmascarado desapareció sumiéndoles en un extraño desasosiego. La carta presentaba amenazas. Advertía de que ciertos secretos no deberían de ser revelados.

Pero los hermanos, en vez de retractarse, pidieron a un amigo grafólogo que escribiera un pequeño artículo... Analizando a la persona cuyo puño había escrito tan cobardes amenazas. Durante un mes, la palabra "masón" en Londres estuvo asociada al concepto "eyaculador precoz impertinente con un fuerte dolor en la segunda vértebra y escaso talento para el baile, la cría de grillos y la pesca con arpón". Transcurrido ese tiempo, el bienhumorado grafólogo falleció en extrañas circunstancias. Y los Kempsey empezaron a tener miedo...

Tras este suceso (1880) los suscriptores bajaron notablemente, a causa quizás de la forma en el que la línea editorial se ablandó. Del viejo espíritu luchador sólo quedó la manifestación más externa, es decir las fiestas, que minaron la salud de los hermanos hasta el punto de que en 1888 cedieron su puesto a su sobrino, Rutiger (con T) ,quien reenfocó la publicación hacia la geología monda y lironda, hasta su cierre en 1901 cuando el editor empleó todo el dinero de sus ya fallecidos tíos en pagar una expedición a las pirámides del Támesis ( una absurda aventura submarina de algún listo que decía que los egipcios seguían viviendo bajo sus aguas y que probablemente dio varias vueltas al mundo con el dinero). Al verse en la calle y lleno de deudas, empezó a ganarse la vida como titiritero ambulante hasta su muerte en 1914, dos días antes de estallar la Guerra Mundial.

En fin, ese el, grosso modo, el extraño itinerario del Gea's Bazaar, que vino a ser, según los expertos en cultura popular, un claro antecedente del punk del 77 pero sin el rollo musical.
Si os interesa aunque solo sea un poco, el libro de memorias de Rutiger Kempsey (disponible de vez en cuando en Amazon, cuando sale de segunda mano) es toda una experiencia. El título completo es "From Rudiger to Rutiger, or how did I screwed it up in a moment", y es muy divertido, aunque quizás un poco victimista.

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