martes, abril 26, 2005

ESTO NO DA MIEDO…

Cuando se discute sobre quién es el mejor escritor de historias de terror, unos apelan a los clásicos señalando al gran Edgar Allan Poe, otros señalan al pretenatural H.P. Lovecraft como ganador, y hay incluso quien prefiere a Clive Barker sobre todas las cosas. O incluso a Stephen King. O el más difícil todavía, hay quien cree que los libros de Ann Rice dan miedo. A nosotros nos dan miedo, pero por otros motivos.

El caso es que pocas veces se habla del peor escritor de historias de terror, porque no hay esa querencia por lo chusco que encontramos en ámbitos como el cine (¿cuál es peor para vosotros, “El Ete y el Oto” o “Plan nueve del espacio exterior”?) o la música (¿qué es más horrendo, el “vamos a la playa, uooo ooo” o cualquier track de “transformed man” del capitan Kirk?).
Pero, sí que hay un peor escritor de historias de terror. Y no es Ann Rice. Es el semidesconocido Iupiter Kaczmarek. Lo cual es una pena, porque con semejante nombre – casi parece uno de nuestros pseudónimos – se podría haber hecho famoso en un abrir y cerrar de ojos. A lo mejor os suena como personaje de la vida parisina de fin de siglo, ya que fue un asiduo del Moulin Rouge y otros centros legales del mal vivir. Y precisamente esa es la parte de él que se recuerda, gracias a la biografía de Tristan Tzara que se va a publicar dentro de unos meses dentro de la colección “club diógenes” de esa editorial de la que todo el mundo debería aprender. El volumen recogerá tanto la citada biografía “Un domingo con Iupiter” como una recopilación de cuentos cortos del propio Kaczmarek.

El viento entre los cipreses

La infancia de Kaczmarek, irónicamente, parece sacada de las fantasías de Poe. Criado en un pueblo de Bulgaria cercano a Plovdiv, pasó esos primeros años encerrado en una habitación acolchada y con una pequeña ventana que daba al cementerio, ya que sus padres temían que tuviese la misma enfermedad de los huesos que llevó a la tumba a su hermano mayor Marek. Para cuando se convencieron de que no era así él ya contaba doce años, y por la falta de contacto con el exterior se había convertido, ésta vez de verdad, en un niño enfermizo.
Pero hasta que eso sucedió, pasaba las horas muertas con su madre, que le contaba terribles historias de resucitados, espectros, y brujas. Al mismo tiempo su padre, que también se llamaba Marek, le enseñaba los secretos del embalsamado y todas las causas posibles por las que alguien podía fallecer, ya que ocasionalmente ejercía de enterrador. Además, había empezado la carrera de medicina, pero fue expulsado de la Universidad de Sofía por presentar los exámenes en verso. El tribunal consideró que un ejercicio lírico de tan ínfima calidad solo podía ser una burla del noble oficio de galeno.

El caso es que su salida al mundo no fue todo lo feliz que debiera. Su padre le regaló para que no tuviera miedo, un hurón disecado y un trozo de la mandíbula de su fallecido hermano (la cual habían rescatado como amuleto familiar). En el colegio, los demás niños no quisieron acercarse demasiado al amenazador hurón y además empezaron a ver a Iupiter como un colgado al que era mejor evitar. Él, motu proprio, le rogó a sus padres continuar su educación en casa. Así fue como se convirtió, tan solo con una enciclopedia, en un joven leído, educado, y preparado para afrontar cualquier conversación. Y años después, todavía consideraba que esos fueron los años más felices de su vida.
Terminaron, de hecho, un día que el matrimonio Kaczmarek salió a pasear por el río. Intentando pescar truchas con la mano, igual que los osos, el marido resbaló y la esposa, al ir a socorrerle, se golpeó también en la cabeza. Fue un duro golpe para Iupiter, quien a pesar de todo heredó ese día una pequeña fortuna que le abriría un mundo de posibilidades. Y algo cambió en su cabeza. Los cuentos de su madre que antes le aterrorizaban, empezaron a constituir para él una especie de Arcadia melancólica, un lugar mental en el que descansar y reponerse de los sinsabores del siglo.

Quien pierde una trucha, gana un destino

A pesar de que la idea de viajar a la capital, Sofía, le tentaba, Kaczmarek tenía demasiados pájaros en la cabeza como para quedarse tan cerca de casa. Fascinado por las historias de la Revolución Francesa, decidió irse a vivir a París, la ciudad de las luces.
Lo que allí encontró no tenía nada que ver con lo que había leído en los libros. El oscuro París de las Tullerías, del Termidor, de la lucha diaria y de la toma de la Bastilla (que él veía, en cierto modo, cercano al mundo que vivía con sus padres) era todo lo contrario de aquella explosión de luz y color que se encontró en las calles de Montmartre fin de siglo. El lugar era un hervidero artístico, un alambique que hacía fermentar un tipo de revolución muy distinta a la que él había ido buscando. Y precisamente, por ser él un hombre fuera de lo corriente, consiguió trabar amistad con todos los artistas de la época. No era extraño verle bebiendo absenta con Tolouse Lautrec mientras charlaban sobre lo divino y humano.

Pero lo que buscaba Kackmarek no era bohemia sin más, sino encontrar el tema para su obra literaria. Decía a todo el mundo que quería hacer terror. Pero lo que todos identificaban con terror no tenía nada de terrible para Iupiter, que se empeñaba en demostrar que estaban equivocados. Empezó a dar largos paseos verja de Versalles arriba, verja de Versalles abajo, pensando, hasta que dio con la solución. Y con algo más.

Las dos Antoinettes

Era, dicen, una fría mañana de febrero, cuando la niebla salió del Sena para envolver la ciudad. Iupiter Kackmarek creyó ver una sombra caminando en dirección a él. Unos pasos más adelante, los ojos más grandes que había visto nunca (perfilados con kohl) le contemplaban. Su túnica blanca, melena despeinada, y tez nívea (perdón, es que estamos casi citando textualmente de Tzara) le dejaron sin habla. Porque la criatura que tenía delante era, ni más ni menos, el vivo ejemplo de lo que su madre describiera años atrás como un espectro. De hecho, ella se presentó como un espectro. A él se le cayó el cuaderno de notas y lo vio claro: debería de escribir sobre Maria Antonieta y las malvadas ardillas del Trianón. La relación entre ambas cosas, la desconocemos. Los escritores, a veces, ven un aguacate y se les ocurre una obra de teatro sobre las guerras púnicas simbolizadas en una pareja neoyorquina que discute durante las vacaciones.

El caso es que el espectro se identificó como Antoinette, y dijo llevar vagando varios años sin descanso. Y Kackmarek, lejos de asustarse o de irse de allí con desconfianza, la invitó a pasar unos días en su casa. Porque para él, un espectro no sólo era algo que inexplicablemente no había visto antes, sino que también era una buena cosa. Si había algo que a Iupiter le inspirara más confianza que un licántropo, ese algo era sin duda un espectro.
De manera completamente normal, llevó a Antoinette de esa misma guisa a los locales habituales a beber absenta con su círculo. Allí nadie daba crédito, y creían que todo aquello de los fantasmas no era más que una barroca excusa de Iupiter para no decir que estaba viviendo en concubinato con aquella extraña muchacha. Nada más alejado de la verdad.
Antoinette, con su complejísimo cuadro psiquiátrico, dormía de pie apoyada la frente contra la pared, lo que le daba horribles dolores de espalda. Por la mañana lanzaba grandes lamentos que su (ahora sí) amado interpretaba como el lógico y deseable quejido de un alma en pena. Allí, con ella dando tumbos por la habitación sin un motivo concreto, Iupiter Kackmarek escribió los doce cuentos de terror que componen la parte más importante de su obra. La terrorífica historia de la reina Maria Antonieta, quien estando con sus hijos y su amiga la marquesa de Polignac en el Trianón – complejo arquitectónico de estilo clásico para recreo de la realeza – recibe la visita de tres ardillitas y una mariposa gigante que hablan, cantan, y gorjean.
Fueron, a su manera, días felices. La pareja se aisló por miedo al mundo exterior y la manera de expresarlo, al menos para Karckmarek, fue escribir de manera terrible sobre lo que, precisamente, de terrible tenía poco.

El rechazo, el pudor, y el abandono


Antoinette empezó a hablar regularmente, al fin, transcurridos dos años. La convivencia con un hombre que no veía lo que todo aquello tenía de raro hizo mejorar la salud de la joven, que empezó a actuar casi como una persona normal. Un día se cepilló el pelo y con unas cuerdas hizo de su túnica algo parecido a un vestido, o al uniforme del Ku Klux Klan. También se empezó a mirar al espejo y a actuar como una persona, no como un espectro. Y decidió acompañar a Iupiter a buscar un editor. No hemos mencionado que la extraña pareja jamás se había tocado, pero ni un pelo. ¿Para qué? Ella era al fin y al cabo un ser incorpóreo, poco más que un hectoplasma de agradables formas.
Antoinette empezó a sugerirle a Kackmarek que quizás deberían ir del brazo por la calle. Él hizo oídos sordos, y juntos pero no revueltos fueron recorriendo uno a uno los despachos de todos los editores de París, que no daban crédito a lo que veían, y mucho menos a lo que leían.
No era ya que los cuentos no provocasen los sentimientos turbadores que, por definición de género, estaban llamados a despertar, sino que además parecían la redacción sobre un verano aburrido escrito por un niño de primaria.
Para muestra, un botón. El comienzo de “Refresco en tetera de plata”:

“Era un día de julio y hacía calor como para sudar pero no tanto como para quitarse el jersey. Además, el polen no se había ido y a quien más y quien menos, a todo el mundo le picaban los ojos. Maria Antonieta bostezaba en el porche apoyada en la estatua desnuda de Hermes, y Madame Polignac hacía lo que fuera por la cocina. No pasaba nada divertido y aquello era un muermo. Pero muermo, muermo. El trino de los pájaros recordaba más bien a la carraspera de una morsa así que el ambientillo no mejoraba de ninguna de las maneras.
Pero iba a pasar algo misterioso y sorprendente. Pero todavía no puedo decir lo que es. Os vais a quedar de piedra cuando paseis la página.
El caso es que allí seguían, cada una a lo suyo. Probablemente llevaran varios días alimentándose sólo de castañas asadas, por puro esnobismo. Cosas de la aristocracia francesa (…)
Y entonces, de entre los matorrales salieron…¡tachan, tachán! … ¡¡¡tres ardillas!!! Y una mariposa gigante, rosa, bastante fea. Empezaron a rodar por el jardín y a darse la una contra la otra, con torpeza y alevosía. Hablaban un poco como los bebés y sólo tenían tres dedos, manchados de barro. Anduvieron hacia las dos señoras, con aire decidido. Ellas estaban expectantes, porque las ardillas no hablan ni hacen jueguecitos. No obstante, volvieron a bostezar, porque andaban muy despacio. La mariposa, entre tanto, se dio media vuelta y se echó a dormir.”

Y así todo. Si ahora mismo lo rodase Lynch, sería una obra maestra de la tomadura de pelo con estilo, pero no fue el caso, en vista de lo cual, los editores le rechazaron en masa. Y el dinero, malamente invertido, se esfumaba. Cuando Kackmarek fue despedido del último despacho (el de un editor de novelas policíacas que le recomendó visitar a su neurólogo), la pareja se fue a casa sin cenar. Y Antoinette se metió en la cama con Iupiter. La actitud de ella, claramente receptiva en lo carnal, se tornó en ira e histeria cuando él alegó, con toda su buena intención, que los espíritus no son corpóreos y que por tanto no se puede fornicar con ellos.

Antoinette, en pleno shock, se dedicó a destruir la habitación y acto seguido se fue dando un portazo. Kackmarek intentó seguirla, pero como seguía delicado de salud, se quedó agachado en el suelo, jadeando, mientras ella se perdía en la noche en la que se apagaron todas las luces en París.

La larga noche de Júpiter

Lo que sucedió después tiene poco de agradable. Iupiter Kackmarek se dio a la bebida y terminó por perder todo lo que tenía. Su casera se compadeció de él y le dejó seguir viviendo allí gratis, o por lo poco que sacaba de cuando en cuando dándole consejos profesionales al dueño de una funeraria dos calles más abajo, que era por lo visto una completa nulidad. Incluso, para pagar deudas, tuvo que vender la cama, y empezar a dormir “à la antoinette” (que es una forma coloquial de decir en francés “dormir de pie con la cabeza apoyada en la pared”), hasta que los de la funeraria le cedieron un ataúd de pino y unas colchas para que se las apañase como pudiera.

Y un día, en pleno delirium tremens, se vio acosado con conejos, cervatillos, mariposas, duendecillos, cajas de bombones, cielos soleados, hamsters, y otros animalillos del bosque. Alzó la vista aturdido, turbio por la absenta, y contempló el rostro de Antoinette una vez más, en el cuerpo de un hada, con sus alas, su corona, su varita, y sus ropas brillantes. Se defendió, tiró la mesa al suelo, se puso contra la pared y le rogó a la feérica aparición que se fuera, que le dejase en paz. El hada estiró la mano y le tocó la mejilla. El tacto cálido de aquellos dedos fue más de lo que su corazón podía soportar y cayó fulminado.
Los parroquianos, un pelín menos ebrios que él (pero muy tocados de todas maneras) contemplaban atónitos el espectáculo: una mujer de grandes ojos pintados con kohl, vestida de hada, estaba de pie, inmóvil, ante el cuerpo sin vida de un búlgaro que no pudo llegar a entender que su amada había regresado.

Antoinette había vuelto para decirle que ya estaba bien. El encuentro fortuito con un talentoso estudiante de psiquiatría la había convertido casi casi en una persona normal.

Ella, tras el shock, había tomado trenes y barcos hasta llegar a Moscú, donde estuvo a punto de morir congelada en la Plaza Roja. Como en “la cerillera” de Andersen, pudo sobrevivir prendiendo una caja de bengalas que había robado a su paso por Berlín. Por suerte para ella, unas ancianas que pasaban por allí esa mañana la confundieron en su senectud con la Virgen María y le dieron unos rublos con los que ella pudo comer, comprar un abrigo (signo de que empezaba a regir un poquito), y viajar hasta Vladivostok. Allí, por problemas administrativos, acabó montando en el Transiberiano, donde cambió su suerte.
Acompañada de campesinos sin estrella, coincidió con un joven estudiante de psiquiatría que, acostumbrado a las esquizofrenias, consiguió sonsacarle algunos datos de su enfermedad antes de llegar a los Urales. Para cuando estaba hablando de su relación con Iupiter, todo el vagón estaba arremolinado en torno a ella, completamente atrapados por la candidez narrativa de Antoinette. El psiquiatra iba traduciendo del francés al ruso simultáneamente, con lágrimas en los ojos.
Un día después accedió a probar la hipnosis con el estudiante. Este, por el traqueteo del tren, consiguió hipnotizarla solo a medias, de tal manera que terminó creyendo que era un hada. De todas maneras, estaba decidida a volver a París volando, parcialmente desnuda, a unas temperaturas muy poco saludables. El resto del pasaje, absolutamente conmovido, no podía darle demasiado dinero, pero sí emitir algunas monedas falsas con miga de pan congelada y algo de pintura.

Así, en la última parada allí por donde Cristo dio las tres voces (es decir, a la altura de China), Antoinette se despidió feliz de sus compañeros de fatigas, concediéndole un deseo a cada nuevo amigo que, por supuesto, no se cumplió. Ella tardó un año aún en volver a París y una vez allí, fue imposible consumar el matrimonio de facto en el que se habían convertido.

Epílogo a una muerte absurda

Antoinette se curó tan pronto como se vio vestida de haga en medio de un bar y con un muerto a sus pies y huyó con los últimos rublos de pega al sur. Estuvo trabajando en San Sebastián de camarera hasta el día de su muerte, conservando consigo todos los documentos relativos a su relación con Iupiter Kackmarek y también sus cuentos. Más tarde, estos llegaron a manos de Tristan Tzara, que los vio como una clara indicación de que el dadaísmo iba a ser todo un logro. De hecho, como se explica en el prólogo de Juan Rulfo, la relación recuerda - en lo literario- un poco a la de Nora Barnacle y James Joyce, pero con desiguales resultados.

Nosotros estamos deseando poder leer al fin “Un domingo con Iupiter” en castellano, acompañado de sus cuentos…

La semana que viene os hablaremos del extraño caso del universo paralelo de Svens Endre, una suerte de Gulliver sueco cuyos horribles viajes le llevaron al suicidio. Y también queda pendiente hablar del misterioso estudiante de psiquiatría que sacó a Antoinette de su locura, gracias al cristal de lámpara de araña que usaba en la hipnosis.
Y nos vais a perdonar que no haya imagenes ilustrativas, pero como la historia es tan larga y es tan, tan tarde... es que me han dejado aquí sola colgando esto :-( Vagos...
PD: Por cierto, de un tiempo a esta parte tenemos más visitas, más entradas en el tag, y estamos muy contentos. Tanto, tanto, que nos planteamos hacer una pequeña soirée para los asiduos. Contradice un poco los principios de toda sociedad secreta, pero...