domingo, junio 04, 2006

Renai Revolution

Una persona muy especial para nosotros, Sonia, nos contó una vez que tenía una amiga casada con un ministro, hace muchos años. Él llegaba siempre y le contaba cómo iban las cosas por el ministerio. Ha pasado esto y lo otro. Unos manifestantes se quejan de aquello, el presidente dice que patatín, el vice que patatán. Ella tenía sus problemas y no se los contaba porque por supuesto no eran nada comparados con los de un ministro. A algunos de nosotros nos parecía lógico y era algo que aplicábamos a nuestras vidas. Unos son más importantes y otros, menos. Es así.
Bien, Sonia se empeñó en hacernos ver a todos que no, que es tan importante lo que le pasa a un ministro como lo que le pasa a su esposa. Ella se divorció de él, por cierto (porque esto fue hace muchíiiiiisimos años). Nosotros nos lo imaginamos un poco como la canción de "Roberto querido" de Vainica Doble.

Y resulta que el otro día, por algo que contará Jimina en el frinkaedro, (relacionado con una cosa que hemos comentado varias veces en nuestras meriendas últimamente), lo de Sonia salió de nuevo a la luz.
Y más hoy, que en el Canal Hitler han puesto un documental con el que para nosotros es el documento más conmovedor de la historia del siglo XX:

Es un estudiante anónimo y desarmado parando los tanques en su camino a la plaza de Tiananmen.

Nos hace mucha gracia cuando en España hay gente que se alza como estandarte de todo tipo de protestas a sabiendas de que, hagan lo que hagan, no les pasará nada en absoluto.

Por eso para nosotros, que como sabréis estudiamos chino por más de un motivo, lo de Tiananmen es más que una efeméride.

En nuestro colegio había varios matones oficiales. Eran queridos y consentidos, o eso parecía, por los demás alumnos. En una excursión en particular a uno de ellos, Andrés, le dió por torturar a un chico de cuyo nombre no nos acordamos ahora. Se parecía mucho al chico-mofeta del "Peter Pan" de Disney. El chico no se movía, ni decía nada. Sus amigos (los del chico, no los de Andrés) lejos de defenderle, reían las gracias del agresor, no fuera a ser que le tocara a ellos también. Nosotros bastante teníamos, por si os lo preguntáis, con defendernos de nuestros propios agresores.

En un momento dado a Andrés le dio por meterle un pañelo lleno de mocos (de mocos de estos densos de catarro alérgico) al chico por dentro del uniforme, tocándole la espalda, y le palmeó para que untara. Y le dijo "ni se te ocurra quitártelo", entre las risotadas de sus amigos. El chico no aguantó más y con lágrimas de rabia se sacó el pañuelo, se volvió, se lo tiró...

y le escupió en la cara.

...

La gran mayoría del autobús se puso a aplaudir y a lanzarle vivas al chico, de forma espontánea. Durante el resto del viaje, era a Andres, apuesto tripitidor de ya casi diecisiete años al que se le saltaban las lágrimas de rabia.

A nosotros no nos cabe ninguna duda: las pequeñas acciones pueden ser tan heróicas como las grandes. Para cualquiera de ese autobus, lanzarle un lapo a Andrés a la cara era tan arriesgado como pararse delante de una fila de tanques en Beijing.